Mundo

Coronavirus en la Argentina. La reapertura está llena de desafíos y también de posibilidades

La nueva normalidad es, tal vez, uno de los grandes misterios de año en todos lados. Cómo será, cuánto durará, cuántos de nuestros hábitos más atesorados perderemos, cuántos sacrificios deberemos hacer, hay muchas preguntas y pocas -o ninguna- respuestas.

Una parte de la Argentina, sin embargo, vive ya su nueva normalidad; 107 días de encierro podrían calificar como la "nueva normalidad" del AMBA: ya lleva casi un trimestre y nadie sabe en qué momento terminará.

La evolución de la pandemia en la Argentina

Cuando ese final llegue, porteños y bonaerenses dejarán atrás el desafío de acomodarse al encierro para proteger la salud pero enfrentarán otros retos, sobre todo cómo recuperar su libertad, sus tranquilidad y, fundamentalmente, su economía sin reanimar al virus. Como muestran las experiencias de otros países, especialmente de América, la reapertura estará llena de desafíos, pero también de posibilidades.

Los vecinos más golpeados empiezan a estabilizarse y también a temer un rebrote, y en algunos casos a ser testigo de esos repuntes.

El norte de Brasil ya dejó atrás sus días de contagios y muertes, Río y San Pablo rehabilitan la vida en sus calles aun cuando las cifras de infecciones son altas; sin embargo, el virus se mudó geográficamente y empieza a hacer estragos en el sur y en centro-oeste, regiones que ya habían relajado las restricciones.

Estados Unidos experimenta un fenómeno similar. El Noreste y el Noroeste respiran con alivio y libertad tras haberse confinado, desde marzo a mayo, para combatir una pandemia que se había ensañado con esas zonas, mientras el sur vuelve a cerrarse desesperadamente para detener los récords de contagios y la progresiva saturación de sus hospitales.

Colombia , país que comparte con la Argentina el número de habitantes y una trayectoria del virus parecida, tiene su propio dilema también. Ansioso e inquieto por la recesión rampante, el gobierno nacional busca terminar con las cuarentenas, en especial la de Bogotá, epicentro de la pandemia en esa nación.

Pero Claudia López, la popular alcaldesa cree que esa es una mala idea porque los contagios aún están en su pico y las terapias intensivas, casi a tope de su capacidad. Para evitar un nuevo confinamiento estricto, el presidente Duque y López acordaron que el gobierno nacional entregará cientos de respiradores al sistema de salud de Bogotá para enfrentar el aluvión de pacientes críticos por coronavirus.

En la Argentina, el crecimiento de los casos y el miedo a la saturación de hospitales llevó al presidente Alberto Fernández, a Axel Kicillof y a Horacio Rodríguez Larreta a decidir un regreso al confinamiento más estricto en el AMBA. "Es el único remedio", dijo el mandatario cuando anunció, la semana pasada, la nueva fase 1, después de casi 100 días de cuarentena. Por su parte, las autoridades de la ciudad enfatizaban, para justificar la determinación, que otros países habían también vuelto a cerrar todo ante el resurgimiento de infecciones. ¿Es así? ¿Es cerrar todo el único remedio después de 100 meses de cuarentena? ¿Volvieron otros países a confinar grandes regiones totalmente? Como desde que estalló la pandemia, las repuestas son ambiguas, pero en otros países serían no.

Algunos de los especialistas que asesoran al gobierno argentino describen esta nueva fase 1 como un "martillo", una medida extrema de restricción social para neutralizar el avance del virus. Tomás Pueyo es el ingeniero de Stanford que propuso la estrategia del "martillo y la danza" para mitigar y contener el Covid-19. Sin embargo, el autor advierte que ese martillo solo sirve por un tiempo limitado, después de eso viene la "danza", una táctica de vigilancia y acción constante para mantener a raya la infección.

Cuarentenas… hay más de una

El martillo es el confinamiento total pero las cuarentenas parciales, que evitan cerrar por completo una región y su economía, son partes de esa danza constante que todos los países tienen que protagonizar contra un virus que ya demostró que no se va. Esas medidas están siempre seguidas de adjetivos.

Existe la cuarentena yoyó, aplicada en ciudades brasileñas que abren y cierran actividades o comercios en función del número de contagios; está también la cuarentena cotidiana, que se implementa en Seúl o Pekín y que consiste en fijar un nivel de contagios diarios que puede tolerar el sistema de salud y trabajar con cierres parciales sobre lugares de alta congestión.

La cuarentena focalizada, por sectores o zonas, es probablemente la que más atrae a las ciudades que contuvieron con éxito el virus y buscan evitar rebrotes apenas son detectados. Esas son las empleadas por países que las autoridades argentinas usaron como ejemplo para justificar la nueva fase 1. Israel, por ejemplo, cerró 100 escuelas ante la aparición de casos. Pekín confinó once barrios donde hubo repunte de infecciones; lo mismo hizo la semana pasada Melbourne con algunos vecindarios, epicentro del rebrote en Australia. Seúl cerró, por su parte, los bares y discos después de un brote en uno de los barrios de mayor vida nocturna.

En sus trabajos, Pueyo advierte que Corea del Sur no tuvo necesidad de aplicar el martillo porque tenía "un bisturí" a mano apenas se insinuaron los primeros casos de coronavirus.

Cuánto y a quién testear, la clave

El "bisturí" de Corea del Sur estuvo compuesto no solo por un sistema de alerta y monitoreo que ya había enfrentado otras epidemias sino también por fuertes medidas de distanciamiento social sin llegar a una cuarentena total y por un engranaje de testeos casi único en el mundo, ese es otro pilar en el que tendrá que descansar la Argentina a la hora de reabrir, en especial para detectar los pacientes asintomáticos o presintomáticos, el talón de Aquiles de la lucha contra el virus.

Para la OMS, la positividad ideal de casos -es decir cuántas pruebas dan positivas sobre el total de exámenes realizados- es del 5%. Una tasa más alta indica que la circulación es alta, o que solo se examina a personas con síntomas obvios o que se testea de manera insuficiente. En el AMBA, la positividad fluctúa, desde hace algunas semanas, entre 30 y 40%. Pero claro, el Estado argentino no cuenta ni con los recursos ni con la experiencia ni con la creatividad del surcoreano ni los argentinos tenemos la costumbre de distanciamiento social que tienen los surcoreranos.

Cuarentena y después. Acompañar a los hijos en la nueva normalidad

Hasta ahora, en el AMBA se aplica una estrategia de testeo focalizada en personas que tienen más de uno o dos síntomas o en grupos de riesgo, como mayores de 60 o personal de salud. Pero si quiere reabrir las calles y la economía e impedir repuntes, tal vez tenga que modificar su método para ampliar el mapeo de la trayectoria del virus y anticiparse a sus desvíos sorpresivos.

El testeo focalizado no necesariamente es insuficiente para trazar el escenario epidemiológico. Hoy ciertos estados norteamericanos que sufren un brote buscan testear específicamente a los menores de 35 años, temerosos de que sean asintomáticos y descuidados y estén desparramando el virus. Sin embargo, esa estrategia se puede quedar corta en información y diagnóstico.

Consciente de eso y en alerta por un repunte de infecciones en otras regiones, el gobernador del estado de Baviera, Marcus Söder, anunció esta semana un plan de testeo universal, que será pagado por el gobierno. La polémica no fue menor. Söder defendió la decisión como la mejor manera de alejar una amenaza de "que nos respira en el cuello". Pero varios especialistas y gobernadores de otros estados advirtieron que ese enfoque de testeo es un desperdicio de recursos y un riesgo de colapso para los laboratorios y que dará a los ciudadanos una "falsa sensación de seguridad" en caso de que den negativo.

El testeo en la Argentina es protagonista de polémicas desde marzo, cuando la pandemia arribó al país. A pesar de que el país aumentó su capacidad de testeo, con producción local de pruebas y multiplicación de laboratorios, aún está rezagado en tests por millón de habitantes respecto de prácticamente todos sus vecinos. Una estrategia de testeo universal alimentaría esa discusión y sobrecargaría con costos un gobierno ya al borde de la bancarrota.

En otros países, se abre paso una estrategia que podría aliviar esa carga y ya empieza a ser considerada por algunas administraciones locales, el "pool testing". Se trata de una técnica de examen grupal que examina a un amplio número de personas con menor costo, recursos y tiempo que el testeo individual.

Estados Unidos hoy realiza entre 500.000 y 700.000 tests por día. Sin embargo, un reciente estudio de la cadena de radio NPR y de la Universidad de Harvard estimó en 1,2 millones los tests diarios para mitigar la pandemia y en 4,3 millones diarios (casi el 13% de la población norteamericana) para suprimirla, como ya hizo, por ejemplo, Nueva Zelanda.

Deborah Birx, la científica que coordina el comité de asesores de Donald Trump, cree que, con la técnica del testeo grupal, Estados Unidos podría llevar su capacidad de pruebas a 5 millones por día, un paso esencial en el combate del país más golpeado por el Covid-19.

Si bien amplía la capacidad de testeo, el enfoque puede no ser efectivo si la tasa de infección es alta ya que no ayudaría a identificar y aislar a todos los contagios.

Una de las otras ventajas del testeo grupal es que acelera el procesamiento de las pruebas y evitar sobrecargas en laboratorios, un dato determinante a la hora de poner en práctica la estrategia que más ayuda hoy a los gobiernos a mantener la economía abierta sin que la pandemia escale: el rastreo y aislamiento de contactos de manera rápida antes de que se pierda la huella del virus.

Los rastreos, un viejo secreto

Desde Uruguay y Alemania hasta Corea del Sur y Taiwán, detrás de cada una de las historias de éxito en la pandemia hay un eficiente y precoz sistema de rastreo de los contactos de los contagios y de aislamiento; es la pieza clave en la detección del vector más peligroso en la transmisión del virus, los infectados silenciosos, los asintomáticos. Según cálculos del Centro para el Control de Enfermedades, en Estados Unidos, por ejemplo, representan un peligroso 44% de la masa de contagios.

"Si realmente tenés un buen programa de contención con un sistema robusto de identificación, aislamiento y rastreo de infectados, eso te previene de tener que implementar otras intervenciones para mitigar", dijo, hace unos días, Anthony Fauci, el prestigioso epidemiólogo norteamericano y una de las caras globales de la lucha contra el virus.

La Argentina recién puso en marcha su plan de rastreo, el detectar, en mayo, cuando el virus llevaba dos meses de presencia en el país. Pero puede compensar esa deficiencia con una ventaja relativa: el número de contagios en el AMBA, el área más afectada, no es aluvional aún por lo que se puede ir aumentando el número de rastreadores a la vez que los entrena.

La vigilancia epidemiológica a través del rastreo de contactos no es nueva; comenzó con las sucesivas epidemias de viruela en el siglo XIX. Japón, por ejemplo, la puso en marcha en la década del 30 para combatir la tuberculosis; un plan que derivó en el establecimiento de centros de salud pública de atención primario; hoy esos establecimientos son 450 en todo el país y fueron fundamentales para detener la expansión de la pandemia.

En Asia, la otra pata del rastreo es electrónica, lo que facilita y acelera el monitoreo. Sin embargo, más desconfiadas de sus respectivos gobiernos, las sociedades occidentales no parecen llevarse muy bien con las apps que las autoridades lanzaron en casi todos los países para ayudar a vigilar los posibles contagiados. Islandia es el país donde más penetración tuvo, y solo fue el 38%.

Coronavirus hoy en la Argentina y el mundo: minuto a minuto y las novedades

Eso convierte el enorme y complejo desafío del rastreo en un proyecto basado en detectives de "carne y hueso". La experiencia uruguaya muestra que, por cada contagiado, los rastreadores contactaron a 13 personas en promedio y hasta un máximo de 240 personas. Pero la población uruguaya es de 3,5 millones lo que reduce el número potencial de contactos.

En Estados Unidos, con 100 veces ese tamaño, el promedio es de 60 y las guías de la CDC para la flexibilización de las restricciones ubican el número ideal de rastreadores en entre 5-15 por cada contagio diario.

En la Ciudad de Buenos Aires, que empieza a transformar el rastreo en una prioridad, el número de "detectives" llega a 1000, es decir un poco por encima de uno por cada contagio diario (un promedio de 800 esta semana), y planea llegar a 2000. Para recuperar su vida, la ciudad y el conurbano tal vez tengan que multiplicarlos incluso más. La posibilidad está, la necesidad también.

Por: Inés Capdevila ADEMÁS

Coronavirus en Argentina: casos en Vicente López, Buenos Aires al 4 de julio

Coronavirus en Argentina: casos en Tres De Febrero, Buenos Aires al 4 de julio

Coronavirus en Argentina: casos en Tigre, Buenos Aires al 4 de julio

Coronavirus en Argentina: casos en San Miguel, Buenos Aires al 4 de julio

Fuente de la noticia (La Nacion)

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba
Cerrar