Irina Borowska en el balcón del Festival Hall; la bailarina integró la compañía inglesa hasta 1965 Crédito: Archivo I.Borowska

Constanza Bertolini SEGUIR Comentar (0) Me gusta Me gusta Compartir E-mail Twitter Facebook WhatsApp Guardar 26 de febrero de 2020 • 18:14

Hace apenas un mes, desde Viena, la ciudad donde terminó su carrera como bailarina y que se le había hecho propia, Irina Borowska hablaba con LA NACION. Lo hacía con voz jovial, tal vez porque viajaba en el tiempo cuando recordaba las anécdotas de una vida extraordinaria con la danza. Sin embargo, tenía 89 años ayer cuando se conoció la triste noticia de su muerte. Estaba internada por una gripe y, qué ironía, tenía las dos piernas quebradas tras una caída, según contó su hija, Janine Hofbauer: "Luchó todo lo que pudo, pero perdió la batalla".

De ascendencia polaca, Irina Borowski (1930-2020) -como se la conocía en Buenos Aires desde los años 40 del siglo pasado- se formó con el bailarín y coreógrafo Michel Borovski (a quien no lo unía ningún parentesco) y con la gran maestra Esmee Bulnes, en la Escuela del Teatro Colón . Con Mercedes Serrano y las hermanas Lemos, entre otras artistas de la época, ingresó al Ballet Estable como parte de una generación que renovó el cuerpo de baile en 1945. Dos años más tarde obtuvo su puesto de corifea, al que sería injustamente perpetuada en la Argentina.

"La bella Irina Borowska se destacó ampliamente en el Teatro Colón habiendo logrado gran fluidez técnica y expresiva. Quizá algo postergada cuando merecía estar ya en el más alto nivel de jerarquía, decidió partir a Estados Unidos e ingresar como primera figura al Ballet Russe de Monte-Carlo. Actuó además en la Ópera de Chicago y en el London Festival Ballet. Y culminó su variada y atrayente carrera en la Academia de Viena (Austria)", resumía Enrique Honorio Destaville en el libro dedicado a Bulnes, Maestra incansable (Balletin Dance). En el mismo sentido, la Historia General de la Danza en la Argentina consigna en su capítulo dedicado a los años 1919-1959, que firma Carlos Manso: "Los bailarines argentinos brillaban como nunca. Toda una juventud con ansias de superación y competencia, aunque a veces malsana o desleal, como ocurrió con Irina Borowski, que, de primera bailarina reemplazante en 1949, descendió a corifea nuevamente en 1951".

Irina Borowska como el Cisne Negro junto a su marido, el bailarín Karl Musil, en 1963
Irina Borowska como el Cisne Negro junto a su marido, el bailarín Karl Musil, en 1963 Crédito: archivo I.Borowska

Entre otras obras que interpretó en el mayor coliseo de nuestro país se la recuerda en títulos como las Sílfides, El espectro de la rosa, Apollon Musagete, como la reina de Hamlet y con José Neglia en Supay. Pero la consagración llegaría en Gaite Parisienne, de Leonide Massine: por su elogiada actuación en el papel de la vendedora de guantes se habló entonces del "nacimiento de una étoile". Era 1953. "Massine, forjador de estrellas, quiso que Irina Borowski fuera la prima ballerina de su ballet y habrá que agradecerle el gesto de esta oportunidad que lanza a una danzarina argentina hacia la fama internacional", se lee en las críticas de la época.

La dama y el unicornio (1954), del coreógrafo Heinz Rosen, fue el último título que bailó en el Colón, antes de dejar el país. La propia Irina recordaba ese momento: "Todavía estábamos en Mar del Plata cuando llegó a casa un telegrama de Massine. Mi padre me lo adelantó por teléfono: Basia, el 6 de julio partirás para Nueva York para integrar el Ballet Russe de Monte-Carlo. En el Colón yo seguía como corifea. Cuando me dieron el cargo de primera bailarina ya me marchaba, nunca lo ocupé", recordaba.

Inmediatamente llegó a los Estados Unidos, la prensa americana destacó su estilo en Bello Danubio. Trabajó siete años allí, antes de ser invitada a sumarse al London Festival Ballet (LFB) en una época dorada, junto a Margot Fonteyn, Olga Ferri, Rudolf Nureyev y Karl Musil, primer bailarín de la Ópera de Viena con quien contrajo matrimonio.

"Me dijeron «quédese a bailar con nosotros», al verme en una clase, y así dejé los Ballets Rusos. Teníamos mucho trabajo y funciones, largos ensayos, viajábamos mucho. Hacía mucho Giselle y El lago de los Cisnes. A mí me resultaba fácil porque estaba feliz de poder bailar, como cuando estudiaba en el Colón. Otros bailarines se quejaban", contaba con picardía el mes pasado a LA NACION.

Con esa importante compañía británica (antecesora del English National Ballet, que esta temporada está celebrando sus 70 años), regresó por última vez al Teatro Colón como Irina Borowska en 1965.

Triste, el mundo de la danza la despedía ayer. Algunos preferían pensar que, ahora, el cielo tiene una nueva estrella.

Con la colaboración de Fátima Nollén

Por: Constanza Bertolini ADEMÁS

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