No hay un programa común que una a la Mesa de Enlace, los exportadores, las bolsas, las industrias de insumos o las entidades técnicas, entre otros Fuente: LA NACION – Crédito: Diego Lima

Hay un punto de inflexión en el que están el campo y la agroindustria argentina en estos tiempos: retroceden a pasos agigantados con viejas fórmulas del pasado o comienzan a avanzar para aprovechar las oportunidades inexploradas. Para ir para atrás ya se sabe lo que hay que hacer, no hay más que copiar las reacciones y decisiones que se tomaron hasta no hace mucho tiempo atrás. En cambio, para ir hacia adelante, hace falta un nuevo tipo de liderazgo que se anime a explorar caminos diferentes y que sea capaz de alcanzar consensos.

El Gobierno tomó al campo y a la agroindustria como uno de los sectores sobre los que recaerá el ajuste de la macroeconomía. Aumentó los derechos de exportación de los principales cultivos que el gobierno anterior había desactualizado por estrategia electoral y tiene latente un nuevo incremento si las condiciones se complican.

A cambio, por ahora, lo único que ofrece es un dólar alto para exportar que, como indica la experiencia argentina, es una ventaja competitiva relativa, ya que al poco tiempo los costos se acomodan al valor de la divisa norteamericana. En la emergencia, cualquier incentivo que se aplique -descuento de retenciones para comprar maquinaria agrícola o compensación por distancia o superficie- es pasada por el filtro del impacto fiscal y no decanta.

Lo contradictorio de este escenario es que el campo es el sector que más rápidamente puede proveer divisas genuinas por exportación de bienes. En el corto plazo, el Gobierno puede enmascarar la situación por los buenos precios internacionales, tal como se está viendo con el trigo en estos días. A mediano plazo, sin embargo, corre el riesgo de que la producción retroceda y que los dólares no lleguen.

Por el lado de la representación institucional de la producción y la agroindustria solo se está canalizando el malestar de productores frente a las medidas del Gobierno y la actitud de la dirigencia política. No hay un programa común que una a la Mesa de Enlace, los exportadores, las bolsas, las industrias de insumos o las entidades técnicas, entre otros.

Podría ser un plan básico que le permitiera a la actividad sentarse con el Gobierno a acordar medidas y cursos de acción y que incluya a sectores como las economías regionales, la lechería o la agricultura familiar, con los que no suele haber contacto. Hasta el momento, hay entidades agroindustriales que participaron de la convocatoria del Gobierno con gremios y empresarios, pero otras que no lo han hecho.

El mal de la disgregación de la cadena agroindustrial no es reciente. No ocurre lo mismo con otros sectores de la economía como la industria o la energía que, aun con sus diferencias, han logrado un mayor grado de cohesión en el momento de sentarse a negociar con los poderes públicos. Y lo han hecho con la habilidad suficiente como para separar sus preferencias partidarias.

Mientras tanto, las oportunidades que presenta el mundo por la demanda de alimentos se mantienen intactas. Y el país está en condiciones inmejorables para que eso sirva de palanca que contribuya a solucionar sus propios problemas de desarrollo. El economista Juan Llach sostiene que nunca como ahora la producción de todo el territorio argentino puede beneficiarse del aumento de la demanda internacional. Las frutas finas de la Patagonia, la quinoa del NOA o los vinos de Cuyo, por ejemplo, entre otros, podrían generar empleo e inversión en los lugares donde más se los necesita.

Esto puede darse en el contexto de un cambio de paradigma tecnológico y ambiental que el país también está en condiciones óptimas para aprovechar. Hay jóvenes emprendedores del ecosistema agtech que están a la búsqueda de inversores para sus proyectos de innovación y productores ávidos por incorporarlos. "El próximo unicornio argentino (empresas de origen tecnológico cuya valoración supera los US$ 1000 millones) tiene que venir del agro", decía por estos días un inversor que está a pesca de oportunidades en este mundo.

A su vez, los sistemas de producción pueden demostrar que están a la vanguardia del secuestro de carbono que mitiga los efectos del cambio climático. Y podrían hacerlo todavía más.

Al mismo tiempo, la agroindustria puede contribuir a solucionar los problemas más urgentes que plantea la pobreza. No con un simple asistencialismo -aunque en un comienzo sea necesario- sino de la producción propia de alimentos. El Estado tiene organismos para liderar ese proceso. Aunque todavía esté acéfalo -al cierre de esta edición- el INTA tiene programas y especialistas capacitados para ese fin. Repetir las fórmulas del pasado sirve de poco.

Por: Cristian Mira ADEMÁS

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Fuente de la noticia (La Nacion)