El músico camerunés actuará con su trío Crédito: Laura Tenenbaum

El bajista camerunés se presenta esta noche en el Teatro Vorterix; su particular manera de conocer el género y dedicarse con pasión a él Sebastián Chaves SEGUIR Comentar (0) Me gusta Me gusta Compartir E-mail Twitter Facebook WhatsApp Guardar 9 de diciembre de 2019

"Si tocás jazz, te voy a pagar 20 veces más de lo que ganás ahora". Richard Bona tenía 14 años cuando el futuro dueño de un bar le hizo esa oferta imposible de rechazar. Vivía en Camerún, tocaba música bailable y jamás había escuchado jazz en su vida, pero aceptó. "Yo ganaba algo así como un dólar por noche", recuerda el bajista del otro lado del teléfono antes del show que dará esta noche en el Teatro Vorterix. "Le dije que si al otro día la propuesta seguía en pie, que me llamara". Y así fue. Sin más excusas, Richard Bona fue a la casa de su futuro jefe a que le explicara qué era el jazz. "Elegí un disco cualquiera y ponelo", le dijo. Bona no podía creer que alguien pudiera tener una colección tan grande de vinilos de una música que él ni siquiera sabía que existía, entonces fue por el más feo. "Podría haber elegido uno de George Benson, que siempre aparece bien vestido, pero elegí el primero de Jaco Pastorius, un blanco que tenía una ropa horrible. Pensé que si me gustaba ese me iba a gustar cualquiera del resto", cuenta entre risas.

Pero el disco debut de Jaco Pastorius, editado en 1978, es de los que atrapan para siempre. Esos primeros segundos de "Donna Lee" (un standard cuya composición aún se debate si corresponde a Miles Davis o a Charlie Parker) son demoledores. El bajo de Pastorius arremete como una serpiente que corre a toda velocidad por el laberinto de El resplandor y se detiene apenas antes de chocar contra los arbustos para encarar en otra dirección. "Pensé que el tema estaba acelerado, que la bandeja estaba en 45 RPM en lugar de en 33. No creía posible que alguien pudiera tocar el bajo a esa velocidad. ¿Todas esas notas tenían sentido o las tocaba al azar? Me dije: 'Bueno, si realmente tienen sentido, esto es cosa seria'". Entonces, Bona pidió escuchar el tema una vez más, y otra, y otra, y otra. Al otro día, le sacó dos cuerdas a su guitarra y se puso a tocar todo el disco hasta que lo aprendió de punta a punta. "Durante un tiempo, el repertorio que teníamos con la banda fue solamente ese disco", ríe con ganas Bona.

Un salto hacia 1999. El músico está por grabar su primer álbum solista y recibe un llamado de Michael Brecker, que se autoinvita a participar en él. El mismo saxofonista que había tocado en el disco que le cambió la vida para siempre ahora iba a estar de su lado. "Todo se complicó al principio", cuenta el bajista. "Un día antes de la grabación, Brecker estaba en Turquía y tenía que tomar un vuelo de tres escalas para llegar a Nueva York. Su manager me dijo que no iba a suceder. Me puse a buscar músicos para reemplazarlo y el día que entré al estudio, cerca de las 3 de la tarde, apareció Brecker. Estaba exhausto, se vino directo desde el aeropuerto y apenas me vio me saludó: 'Si te digo que voy, es porque voy; si no llego, es porque estoy muerto". Con mucho de fusión y música étnica, Scenes from My Life le abrió definitivamente las puertas del jazz a Bona, que tomó toda la secuencia con Brecker como algo premonitorio: "Para mí, todo eso fue una señal, significaba que estaba destinado a ser esto que soy".

De todos modos, Bona también le quita romanticismo al asunto. Ese primer disco, editado a través de Sony gracias a que lo reclutó Branford Marsalis, le mostró que las velocidades de los grandes sellos pueden atentar contra los tiempos artísticos. "Me dieron poco presupuesto, tuve que hacer todo en cuatro días", recuerda. "Creo que con más tiempo hubiese hecho un disco mejor, hasta un poco me sorprendió el éxito que tuvo. Me sirvió para tener en claro mis prioridades. Al año siguiente me armé mi propio estudio porque sabía que no quería volver a pasar por eso, y creo que se nota mucho la diferencia".

Cinco años después de esa experiencia grabó su primer disco en forma independiente, y así se mantuvo hasta hoy. "Así encontré la libertad que necesitaba. No quiero que me digan cuándo grabar ni cuándo tocar. La música no es algo que se hace de esa manera, no lo planeás. Una mañana te levantás inspirado y otras todo suena mal. Somos seres humanos, nos afecta que un día salga el sol y otro día, nieve. Cada vez que hay luna llena, la marea es alta. Con lo lejos que está, tiene injerencia en la Tierra, ¿cómo no va a influir en nosotros, en cómo nos sentimos los seres humanos? Hay días que agarro la guitarra y fluye, me siento en el piano y me parezco a Herbie Hancock (risas), y otros que no pasa nada. Pero eso no se lo podés decir a una compañía. Ellos te dicen: 'Esta canción la queremos hoy', y tenés que hacerla, no les importa si estás inspirado o no".

La pregunta, entonces, es cómo se hace para tocar en vivo en un mal día. Y Bona tiene la respuesta. "De alguna manera, la adrenalina es diferente. Mi primer objetivo es satisfacer a la audiencia. Tengo que ser bueno, no importa qué me está pasando. En el estudio tenés tiempo para arreglar o intentar cosas nuevas, en vivo es una obligación ser bueno, hay otra urgencia. Tengo mucho respeto por los que vienen a verme, hay gente que viaja y reserva un hotel, todo para verte tocar. Podrían escuchar tu música en los discos e irse a un restaurante, pueden hacer muchas cosas, pero eligen venir a verte en vivo. Cuando tomás todo eso en cuenta, tenés que ponerte las pilas y tocar".

-Aunque actualmente no vayas, solés contar que la Iglesia fue muy importante en tu infancia. ¿Ayudó a formar tu cosmovisión?

-Es cierto que hoy no creo en nada, no voy a la Iglesia, pero crecí ahí con gente que iba seis días a la semana. Me gustaba lo que enseñaban: el respeto, el amor, la disciplina. Son bases muy sólidas que no se pueden olvidar.Hay algo muy fuerte de amistad y de hermandad, de compartir todo sin pensarlo dos veces. Mi mamá fue a la misma iglesia durante 62 años y cantaba ahí. Después me cuestioné algunas cosas, vivía en un pueblo muy chico donde no se sabía del mundo exterior. Al viajar y conocer otras culturas me distancié de la Iglesia, pero soy espiritual. No estamos acá por coincidencia, cuando miro la luna, las estrellas, sé que hay algo más grande, que no sé qué es, pero no quiero que nadie me lo explique. Porque lo único que sé es que nadie sabe qué hay. No tengo respuestas y no las quiero. Y la Iglesia tiene respuestas para todo. Si tenés todas esas respuestas, ¿para qué estamos? Sin preguntas no hay nada por lo que luchar.

-¿Y qué preguntas te dispara la música?

-Voy a sonar arrogante, pero cuando toco siento que tengo todas las respuestas. La música es la plataforma en la que me siento en paz. Si en nuestras vidas tuviésemos el nivel de reflexión que tiene la música, viviríamos en un mundo perfecto. Ayer paré en una escuela y toqué con un chico de Corea del Sur que era pianista. Nunca lo había visto en mi vida y ni siquiera hablamos el mismo idioma. En política nos llevaría cinco años ponernos de acuerdo, pero nosotros solo contamos hasta cuatro y listo, tocamos. La música es una ciencia perfecta, es una ciencia espiritual.

Por: Sebastián Chaves ADEMÁS

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