Dolores Caviglia SEGUIR Comentar (0) Me gusta Me gusta Compartir E-mail Twitter Facebook WhatsApp Guardar 8 de diciembre de 2019

El río, su pelo, el fuego, la ropa empapada y esa sonrisa. Cómo no me iban a dar ganas de fumar. Durante los años 90 -mi infancia- la televisión mostraba escenas de gente hermosa a la que le pasaban cosas sin importancia y que para relajarse agarraba un paquete de cigarrillos y fumaba. En paz. En medio de un bosque, como en el comercial que veía antes de ir a la cama, en el que un par de amigos viajaban en lancha hacia un campamento y casi se olvidan de amarrar el barquito y casi lo pierden, pero una de las jóvenes, morocha, cintura de Cleopatra, se tira al agua, y otro joven aún más bello, también, y ambos salvan el fin de semana; para celebrarlo, mojados, fuman junto a una fogata.

Cómo no iba a tener ganas de fumar. Cómo no iba a fantasear con hacerlo cada vez que le compraba a mi madre un atado de Colorado Jockey. En los 90 mis padres fumaban, mi hermano lo hacía a escondidas y yo tenía el destino marcado. Fumar en los 90 parecía que estaba bien. Pese a que en 1954 un médico británico había advertido sobre los males que podía causar. Se fumaba en los aviones, en los colectivos, en las telenovelas, en los embarazos, con frío; en los 90 fumar no hacía mal.

Pero hoy, veinte años después, las cajas de los cigarrillos llevan fotografías de personas enfermas por el tabaco junto a frases como "Fumar te causa cáncer", "Fumar intoxica a tu bebé". Si lo hubiéramos sabido antes. Si lo hubiéramos creído.

Desde hace unos meses pienso en este caso y en otros. Pienso en las cosas que nos dijeron que eran avances en el campo del placer, de la modernidad, de la economía. Como el plástico. Recuerdo una cena en la cocina del departamento de dos cuartos y dos baños de la calle Azara. Con mi hermano tomábamos gaseosa que venía en botella de litro, pero ya no de vidrio. Mi padre dijo algo así como qué suerte porque las otras quién sabe cómo las limpian y ahora esta se usa y se descarta y ahora -este ahora, nuestro ahora- ya no sabemos qué hacer con tanto plástico. En bolsas, en tapas, en cucharas. Por año se producen 300 millones de toneladas de este material, que tarda siglos en degradarse, que arruina las playas, que se acumula en el agua, que mata a los peces que no entienden y lo comen. Que queda en nuestro cuerpo cuando comemos a los peces que lo comieron. Nos dijeron que tomar bebidas con sorbetes era encantador. Ahora está prohibido.

También pienso en los combustibles. Más atrás en el tiempo. En el siglo XVIII la Revolución Industrial abrió la puerta a la bonanza económica y a la producción en serie a partir de combustibles fósiles que lograban que las máquinas funcionaran. Se hacía más y en menos tiempo. Para vender, para comprar. Y a esta velocidad, también, contaminábamos. El petróleo y el carbón combustionan y emiten dióxido de carbono, monóxido de carbono y otros gases que potencian el efecto invernadero. Nos impulsaron a comprar autos. Hoy quieren que nos movamos en bicicleta y yo, mientras, pienso en la carne. Nunca me gustaron los asados. Cuando los domingos mi padre los hacía en la parrilla de la casa de mi abuela, yo nunca quería comer, pero me insistían en que la necesitaba. Nos afirmaron que la carne tiene vitaminas y minerales. Que un churrasco es parte de la pirámide de los irremplazables. Pero hace pocos años volvieron a hacerlo. Volvieron a decirnos que eso de lo que estábamos tan seguros no es tan así.

Los ejemplos pueden seguir; el punto no es el listado. Es el porqué. Y aunque no conozco la razón, sí tengo una teoría. Nuestra necesidad irredimible de vivir con certezas. Nuestra propulsión a la máxima. Como mandamiento y como límite. Fumamos y fumamos porque esa era la mejor forma de pasarla bien. Le pusimos plástico a todo porque así se ve la modernidad. Quemamos carbón porque había que llegar a todos lados. Rápido. Y así construimos las verdades, las ideas, los avances. A partir de la palabra. De la repetición. Nos convencimos. Sin replicar. En masa.

Yo fumo. Poco. Pero fumo. Empecé a los 14, junto a mis amigas, en uno de los pasillos del boliche del conurbano al que íbamos los viernes. Compartíamos un atado de diez y a mí me costó aprender a tragar el humo. Hoy me encanta hacerlo. Hay días en que mientras prendo un cigarrillo siento culpa porque me hace mal. Hay otros en que pienso que me da tanto miedo la verdad que prefiero romper el mundo, mi mundo, de a mentiras. Hay noches en que me asusta que el conocimiento me saque las opciones. Me da pánico que saber me deje sin formas de seguir.

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