Boris Johnson Crédito: Ilustración Ippoliti

En campaña de cara a las elecciones del jueves, el premier resalta la pertenencia al Commonwealth de naciones y la era en que el país fue potencia Luisa Corradini SEGUIR Comentar (0) Me gusta Me gusta Compartir E-mail Twitter Facebook WhatsApp Guardar 8 de diciembre de 2019

PARÍS.- Debajo de las chispas provocadas por el Brexit, la crisis económica y las elecciones del 12 de diciembre, Gran Bretaña atraviesa un desafío existencial que está poniendo a prueba su capacidad para sobreponerse a una espiral de decadencia y evitar la desintegración de los últimos jirones del imperio.

Como muchos lo creen con inocencia, el dictamen que arrojarán las urnas este jueves no generará una ruptura fulminante, capaz de promover -como un trampolín- un salto milagroso de recuperación. Pero cada uno de los británicos que acudirán a votar sabe que esa elección, formalmente convocada para renovar las 650 bancas del Parlamento de Westminster, expresará el vendaval de pasiones que agitan ese viejo imperio que dominó el planeta durante casi tres siglos.

En la mejor de las hipótesis, el resultado podrá originar un optimismo capaz de detener los efectos perversos de las divisiones entre partidarios y adversarios del Brexit, la profundización de la brecha entre conservadores y laboristas, la agudización de las desigualdades y las aspiraciones de independencia de Escocia, Gales y ahora incluso de la región tradicionalmente unionista del Úlster (Irlanda del Norte).

No es un asunto menor: el día que pierda esas tres naciones, el reino dejará de ser unido. Como Holanda, su viejo adversario histórico, se transformará en un apacible jubilado que conservará apenas 14 territorios coloniales en el planeta: Malvinas, las islas Georgias del Sur y Sandwich del Sur (reivindicadas por la Argentina), Gibraltar (reclamado por España) y un puñado de posesiones en el océano Indico. El resto de lo que fue uno de los mayores imperios de la historia queda solo en libros cubiertos de polvo.

Sin embargo, esa es precisamente la quimera "imperial" que Boris Johnson ha decidido vender a los británicos. Según el primer ministro, líder de los conservadores, el Commonwealth "figura entre las economías más dinámicas del mundo" y es por eso que para su campaña escogió el lema " Global Britain".

Desde hace dos meses, Johnson instaló en el centro de su estrategia electoral esa confederación que agrupa a 53 países, esencialmente antiguas colonias y dominios de la corona. Fundado en 1913 y colocado bajo el patronazgo, matriarcal y respetado, de la reina Isabel II, el Commonwealth es la herramienta con que el actual jefe del gobierno cuenta para utilizar en la invención de una "Gran Bretaña mundial", fuera de la Unión Europea (UE) y abierta hacia el resto del planeta. Un proyecto librecambista que -una vez consumada la ruptura con la UE- debería asegurar la continuidad de los 45 años de asociación con el Viejo Continente.

El contraste es gigantesco entre la oda johnsoniana al renacimiento del mayor imperio de todos los tiempos y el silencio de sus principales adversarios. Para su rival laborista, Jeremy Corbyn, eterno militante anticolonialista, el Commonwealth no es más que una reliquia sangrienta del pasado.

En la antigua "madre patria", en todo caso, ese viejo instrumento de dominación global ha dejado de hacer soñar. Los impresionantes edificios, como la Australia House al borde del Strand, la New Zealand House en Piccadilly o la South Africa House en Trafalgar Square, perduran en Londres como testigos petrificados de una magnificencia devorada por la historia.

"Hoy, los británicos ignoran todo de la epopeya imperial, presentada en los manuales escolares como una siniestra explotación de los indígenas por los blancos. Con excepción de la extrema derecha, tienen vergüenza", afirma el historiador conservador Andrew Roberts.

Desde el punto de vista económico, el Commonwealth -que representa solo el 14% del PBI mundial-, constituye apenas el 8% del comercio exterior de Gran Bretaña, contra 42% de la UE y 15% de Estados Unidos. Difícil imaginar el futuro radiante que predice Johnson.

Pero los británicos están tan hartos de estos tres años de psicodrama en torno de ese Brexit que decidieron por referendo el 23 de junio de 2016 que parecen dispuestos a creer en un engaño más de ese "mentiroso compulsivo, charlatán y encantador de serpientes", como lo califica la prensa de su país.

Pocas opciones

El problema es que el jueves 12 de diciembre, cuando los electores vayan a votar por tercera vez en cinco años, esta vez en una elección general fundamental, no tendrán demasiadas opciones. Porque los dos hombres que encarnan el futuro figuran entre las personalidades menos respetadas del reino. El primero es Johnson, cuya ambición lo lleva a cambiar de opinión como de cepillo de dientes cada vez que lo considera necesario. El otro es Jeremy Corbyn, un zelote izquierdista, nostálgico de las viejas guardias extremistas.

Rodeado de marxistas puros y duros, complaciente con la mayor parte de las dictaduras -en particular con Irán-, Corbyn desconfía del mundo occidental en general y se ha mostrado incapaz de contener el antisemitismo que gangrena ciertos sectores de su partido.

Es verdad, el líder laborista realizó una excelente campaña en 2017 y transformó al Labour en la principal formación europea de izquierda (500.000 afiliados). También es cierto que la economía británica carece de inversiones públicas y que gran parte de su programa es correcto, como democratizar el acceso a la educación superior o aplicar un régimen fiscal más justo entre ricos y pobres.

"Pero su catálogo de renacionalizaciones -agua, electricidad, telecomunicaciones, etc.- o el control del Estado sobre sectores enteros de la economía, conforman una plataforma demasiado radical para la realidad del Reino Unido", reconoce incluso un periódico de izquierda como The Guardian.

"Es terrible, porque se trata de los comicios más importantes desde la Segunda Guerra Mundial", advierte Robert Shrimley, el gran analista de política interna del Financial Times.

Sobre un fondo de mediocre situación económica, ambos prometen un cambio mayor para el futuro del país. Con ellos, Gran Bretaña habrá dejado de ser lo que es. El conservador garantiza una salida rápida de la UE. El laborista, una salida parcial de la economía de mercado y, en lo que atañe al Brexit, se verá más tarde.

Los sondeos dan nueve puntos de ventaja a Johnson. Pero la opinión pública es volátil y los comentaristas, prudentes. Desde 2016, un millón de nuevos electores se inscribieron en las listas.

Por: Luisa Corradini ADEMÁS

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Boris JohnsonFuente de la noticia (La Nacion)