Fuente: LA NACION – Crédito: Rodrigo Néspolo

Detrás del contundente respaldo popular que recibió en las urnas, asaltan mil dudas alrededor de Juan Román Riquelme, el hombre que acaba de despedazar un cuarto de siglo de control macrista en Boca. Agudo, astuto, desconfiado, conflictivo, fascinante, provocador. Cerebral, creativo, ocurrente, líder y controlador. Alguna vez desestabilizar, sí, también, cuando se puso por delante de la historia de Boca y desperdició la final de la Copa Libertadores 2012 contra Corinthians. Todos esos rasgos convivieron en Juan Román Riquelme. Ya como dirigente, probablemente su primera misión será reunir a la sensible familia xeneize, a la que en los últimos días fracturaron entre mil grotescos de vodevil. Él y varios más, claro, removieron la herida. Pero él es un ídolo, quizás un mito, por eso nunca la vara será la misma. Pareció cómodo en un terreno que a todos tendría que avergonzar. ¿Condición indispensable para ser político en la Argentina? Riquelme aceptó el viaje al sótano, en un día atravesado por rumores de irregularidades, trampas, ventajitas y con Rafael Di Zeo como veedor del escrutinio hasta su desenlace pasada la medianoche.

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Riquelme se lanza a un campo en el que ya no tendrá privilegios, esos que buscó imponer mientras jugó. Asume riesgos, se baja del pedestal, y ese coraje es elogiable. Sus agravios -y todos los que también recibió- partieron de una ciénaga pestilente. Si su compromiso es genuino, Boca habrá ganado una valiosa pieza de recambio. Riquelme sale del confort y se presenta terrenal. En la cancha, mago encantador, podía maquilar sus irritantes conductas de vestuario. Él, más que nadie, será el responsable de articular una saludable convivencia. Él, más que nadie, debe entender que la magia del futbolista se extinguió. No alcanza con la pasión ni con las chicanas ni con los cantitos. Dependerá de los caprichos de una pelota, que ya no puede acariciar.

La barra brava, invasiva e intimidante, con permiso oficial para anoche ser testigo directo del escrutinio, no se expresó sobre la excursión política de Riquelme. Se mantuvo en silencio durante la campaña y ahora resultará otra intriga por develar: qué posición tomará con relación al ídolo en la era post-angelicismo. Cuidar la distancia sería el mejor capital del exjugador.

Tendrá que medirse desde ahora Riquelme si pretende cerrar la grieta en la comunidad boquense. Lección exprés: los socios que no lo votaron también quieren a Boca. Hasta ahora actuó como un divo al acecho, siempre consciente de su capacidad de daño. Estratego al fin, pensó la jugaba con antelación. La gestión le exigirá elevarse. Juan Román Riquelme ha tenido un pasado como futbolista que autoriza su opinión como una referencia. Los hinchas le recordaron con miles de votos que lo adoran, y también le trasladaron sus miedos, urgencias y esperanzas. Ojalá Riquelme comprenda cuál es su nuevo lugar.

Por: Cristian Grosso ADEMÁS

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