El siguiente relato fue enviado a lanacion.com por Gonzalo Gaviña. Si querés compartir tu propia experiencia de viaje inolvidable, podés mandarnos textos de hasta 5000 caracteres y fotos a [email protected]

Faltan pocos minutos para la medianoche. Mi primer día en El Nido se acerca a su fin. A pesar del cansancio y con una última gota de curiosidad busco la definición de paraíso en el diccionario, la cual me remite a la siguiente expresión: "lugar hermoso y tranquilo donde, según la Biblia, vivieron el primer hombre y la primera mujer después de la creación". Jugando con su sentido y en busca de darle uno propio descubro que el paraíso no es más que aquel lugar donde uno siente que puede vivir eternamente. Quien desee encontrarlo deberá sumergirse en un viaje lleno de sorpresas y aventuras.

Son las tres de la mañana. El aterrizaje es un éxito. Basta asomar la cabeza del avión para sentir el abrazo del calor y la humedad de Manila, capital de Filipinas. El archipiélago se sitúa en el sudeste asiático sobre el océano Pacífico y cuenta con 7107 islas. Al estar en el cinturón de fuego del Pacífico es susceptible de sufrir tifones y terremotos. A pesar de esto, los 102 millones de filipenses disfrutan con alegría sus paradisíacas playas y naturaleza.

El país es rico en recursos naturales y se encuentra en una de las zonas de mayor biodiversidad del mundo. Tras una acotada espera en el aeropuerto Internacional Ninoy Aquino, subo a un pequeño avión a hélice para así volar 585 kilómetros hacia mi próximo destino, la Isla Palawan. El descenso es revoltoso pero efectivo. Retiro mi mochila y con la ansiedad de un niño salgo en busca de una pequeña van para trasladarme 230 km por tierra hasta El Nido. A lo lejos olfateo un viaje cargado de emociones.

A través de grandes palmeras y bellos arbustos abandono el aeropuerto de Puerto Princesa. La blanca van avanza entre sencillas casitas y mercados callejeros. Los olores de las parrillas en plena calle atraen mi paladar. Las gallinas corren sueltas por la calle y los chicos se divierte con el aire. Las motos circulan por doquier digno del caos del sudeste asiático. El viaje es pura aventura.

La ruta de las islas

De a poco nos alejamos para adentrarnos en la ruta que nos llevara a El Nido. Ubicado al noreste de la Isla Palawan, provincia insular de Filipinas, debe su nombre a los anidamientos realizados por un ave llamada salangana. Su economía se reduce al turismo, la pesca y la agricultura. Los viajeros se acercan hasta aquí por su buen buceo y el espectacular Island Hopping (avistamiento de islas). Dentro de esta última actividad existen cuatro clásicos tours A, B, C, D en donde se visitan paradisíacas playas y zonas de snorkel a mar abierto.

Cada kilómetro de ruta regala una nueva e inolvidable postal. Un mar azul, granjas sobre el camino, animales sueltos, pequeños boliches con su gente en la calle, y las más exóticas plantas. A mitad de camino frenamos almorzar. El combo de humedad y carnes blancas es demoledor. Con el estómago cargado retomamos nuestro itinerario. Tras seis horas de viaje llego a destino. El conductor decide no entrar en el pueblo y me invita a bajar al pie de la ruta. Al levantar la vista advierto una inmensa pared de roca caliza alzándose al cielo sin final. Es imponente y digna de ciencia ficción.

El verde de las plantas contrasta con las gigantes piedras y pequeñas construcciones isleñas. Una calle me invita a caminar entre charcos y autorickshaws. Los enjambres de cable de luz rinden homenaje al sudeste. Esquivando puestos de souvenirs, bares, hoteles y restaurantes arribo al hostel. Es momento de descansar.

Paseos en balangay

Un nuevo día comienza en el paraíso. La terraza del hostel brinda un espectáculo sin igual. El escenario, un mar azul y una flota de barcos listos para zarpar. Tras un rico desayuno parto hacia la bahía donde tomo un barco para realizar mi primer Island Hopping. Mi nuevo medio de transporte es muy famoso en Asia. El balangay es la primera embarcación de madera tallada en el sudeste asiático. En ella se pueden admirar las habilidades marineras y artesanales de los antiguos pobladores filipinos durante la época precolombina. A medida que nos alejamos de la costa, el mar se torna de un azul profundo. El silencio se cuela a nuestro viaje. Tras treinta minutos llegamos a la primera playa. La poca profundidad desnuda la magia del lugar.

La transparencia y el intenso verde del agua hipnotizan. La claridad es asombrosa. Entre los corales los peces nos dan la bienvenida. Basta poner un pie en la fina y blanca arena para sentir su suavidad. La gente sonríe ante semejante paisaje. Durante la hora que tenemos aprovecho para hacer snorkel y tomar un baño. El tiempo se mueve con velocidad y el sol marca el mediodía. El calor es importante. Nos desplazamos hacia una nueva playa. Es momento de almorzar. Junto a un rico plato de arroz y frutos de mar me siento a disfrutar del horizonte. Por la tarde, la excursión avanza entre lagunas secretas y nuevos puntos de snorkel en medio del mar. La fauna marina del lugar es alucinante.

Tras siete horas de paseo regresamos a la bahía. La tarde reluce sus mejores colores. En un pequeño bar de madera sobre la cuesta de un morro y dirigido por unos españoles, contemplo la caída del sol. El momento es perfecto e infinito. Ya de noche parto al hostel escuchando la tranquilidad del mar golpeando contra la orilla.

Las luces de los boliches dan inicio a la vida nocturna. A pesar del agotamiento, por dentro exploto de alegría. Es momento de reflexionar acerca de este mágico lugar. Sin duda, el Nido es un paraíso terrenal.

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Fuente de la noticia (La Nacion)