Cuando Mauricio Macri no tuvo otra opción que recurrir al Fondo Monetario Internacional (FMI) para evitar que el corte del crédito externo y el consiguiente shock cambiario de 2018 incendiaran la economía, la oposición kirchnerista puso el grito en el cielo, pero festejó puertas adentro.

Para el Presidente, el salvavidas financiero del FMI -avalado por Donald Trump- era la única posibilidad de mantener a flote su proyecto de reelección, a cambio de aplicar a destiempo un ajuste ortodoxo que no estaba en sus planes. Para Cristina Kirchner -que entonces tampoco imaginaba designar a Alberto Fernández como candidato- significaba que el oficialismo cargaría con todo el "trabajo sucio" de corregir el desbarajuste macroeconómico con las discutibles recetas del Fondo, pagar todos los costos políticos y finalmente dejar un terreno despejado para quien fuera a sucederlo.

No ocurrió ni una cosa ni la otra. Macri llegará al 27 de octubre con sus chances electorales seriamente dañadas porque no consiguió salir de la estanflación, que además se agravó con la corrida cambiaria post-PASO y lo obligó a abrir el kit de supervivencia con analgésicos y torniquetes para precios, dólar y deuda. Y si Alberto F. es electo difícilmente la economía le deje tiempo para festejar: los mercados internos y externos ya están pendientes del rumbo que señale en su primer discurso formal, y sus votantes, de las medidas de reparación prometidas en sus zigzagueantes declaraciones de campaña.

La consultora LCG, que dirige Guido Lorenzo, describió este cruce de expectativas en el título de su último informe mensual: "Sábana corta y promesas de grandes frazadas", al aludir a las restricciones que enfrentará la futura política económica. De esas señales dependerá además el clima político y económico de las siete semanas de transición hasta el 10 de diciembre.

Por lo pronto y a diferencia del Presidente, que en el arranque de su gestión evitó alertar públicamente sobre la implosión económica y la corrupción sistémica heredada de la era K, el candidato más votado en las PASO ya se curó en salud al facturarle anticipadamente al Gobierno todos los problemas de alta inflación, pobreza, desempleo y endeudamiento que dejará sin resolver; incluso aquellos que vienen de arrastre de la era cristinista. Y que Macri tampoco podrá eludir si un milagro revierte el resultado.

Para los argentinos, el drama es que todas estas hipotecas sobre el futuro económico no se reemplazan, sino que se superponen y suman, frente a la realidad de un PBI per cápita similar al de 2011. O sea, una torta más chica para repartir entre más habitantes.

Cristina dejó como legado un fenomenal aumento del gasto público (vía moratorias previsionales, subsidios tarifarios, empleo estatal) imposible de financiar, incluso con presión tributaria récord; y al Banco Central con emisión monetaria a granel y sin reservas. Pero también un bajo nivel de deuda con relación al PBI, no por virtud, sino porque nadie le prestaba voluntariamente a su gobierno.

Macri dejará en cambio un gasto primario real más bajo (por menores subsidios con tarifas más altas, recortes en inversión pública) y cubierto mayormente con retenciones "provisorias" a todas las exportaciones hasta fin de 2020. Pero, además, un endeudamiento extra de US$120.000 millones, cuya carga de intereses elevó con creces el déficit financiero tras las sucesivas devaluaciones del peso de los últimos 18 meses. De ahí que el 80% de las reservas brutas del BCRA -algo menos de US$50.000 millones- sean prestadas y vayan declinando por la mayor demanda de dólares y los vencimientos de pagos externos sin que el Tesoro pueda comprar divisas con superávit fiscal.

Alberto Fernández propone ahora reeditar la primera época de Néstor Kirchner, cuando las cuentas fiscales y externas exhibían robustos superávit gemelos y el PBI se recuperaba a "tasas chinas". Sin embargo, no aclara que ese escenario macroeconómico surgió del ruidoso default de fin de 2001 y, principalmente, por el "trabajo sucio" de Jorge Remes Lenicov tras la explosiva devaluación del peso de 2002, que llevó al dólar al equivalente de algo más de $100 a valores de hoy. Para contrarrestarla, aplicó altas retenciones a la soja (35%) y demás exportaciones agropecuarias, en vísperas de una suba récord de precios internacionales y un retroceso en el valor de las importaciones.

La heterodoxia de aquella época contrasta con la ortodoxia del "trabajo sucio" encarado por Nicolás Dujovne con el rígido programa fiscal, monetario y cambiario acordado (impuesto) por el FMI, que Carlos Melconian bautizó como "Plan Picapiedras" y consideró "incontinuable" después de 2019. Hasta que el revés electoral en las PASO y la posterior corrida cambiaria hicieron que Macri se apartara anticipadamente del "único camino posible", adoptara medidas de emergencia para achicar daños, reemplazara a su ministro y dejara en el limbo tanto el acuerdo con el Fondo como el desembolso pendiente por US$5400 millones.

Aun así, no toda la herencia macroeconómica que dejará Macri tiene el mismo peso, ni algunos resultados son demasiado visibles por sus propios contrapesos. Lorenzo Sigaut Gravina, director de la consultora Ecolatina, rescata que la balanza comercial de bienes cerrará 2019, por primera vez en 11 años, con un superávit de US$15.000 millones, debido a la caída de importaciones provocada por la recesión y la devaluación más que por el modesto repunte de las exportaciones. Para 2020 proyecta una tendencia similar, con un resultado positivo que podría acercarse a los US$20.000 millones.

También estima que el tipo de cambio real multilateral (TCRM) es competitivo ya que desde 2018 hasta ahora subió por encima de la inflación y, si no se atrasa con los controles cambiarios, podría mantenerse el año próximo. No obstante, advierte que la inestabilidad cambiaria con su correlato de aceleración inflacionaria desactualizó las paritarias y provocó este año una caída de 7% en el salario real de los trabajadores formales, que se agrega a la de 12% en 2018.

Para las cuentas fiscales, prevé un resultado primario negativo de -0,5% del PBI, pero como los intereses de la deuda equivalen a 3,7%, el déficit financiero se ubicará en torno de -4,2% del PBI.

Con este cuadro, Macri endosará a quien lo suceda (si no fuera él mismo) varios trabajos forzados que deja sin completar, más los que agregó en las últimas semanas. Por lo pronto, la tarea de rescatar el desembolso pendiente del Fondo Monetario Internacional quedará, en el mejor de los casos, para después de las elecciones, o para 2020, según como funcione la transición hasta el 10 de diciembre.

Otro tanto ocurrirá con la anunciada renegociación de la deuda con el organismo (cuyos vencimientos más pesados se ubican en 2022 y 2023), sin muchas posibilidades de que amplíe su asistencia -incluso con un acuerdo de facilidades extendidas a mayor plazo-, después de haberle prestado a la Argentina casi U$S50.000 millones en el último año y medio en su frustrado intento de que volviera a los mercados externos, al menos para renovar los vencimientos de capital. Alberto F. no tiene en este caso demasiadas ventajas tras haber cometido la imprudencia de acusar por escrito al Fondo por la "catástrofe social" del país y por financiar la fuga de capitales.

También el futuro presidente deberá ocuparse del "reperfilamiento" de plazos de la deuda bajo legislación argentina, que el Gobierno acaba de enviar al Congreso de forma testimonial y la colocada bajo legislación extranjera, con bonos que cotizan a precios de default y favorecen la negociación de quitas con los acreedores.

No solo eso. Antes de recibir la banda presidencial, tendrá que arbitrar entre la inflación reprimida por el congelamiento de tarifas hasta fin de año y el aumento de subsidios; el fin de la baja a cero del IVA para alimentos básicos y la menor recaudación coparticipable, y decidir si vuelve a liberar el precio de los combustibles. Todo, mientras monitorea día a día el stock de reservas del BCRA y la brecha entre el dólar oficial y las cotizaciones alternativas (blue, contado con liqui, Bolsa), de lo cual dependerá el futuro grado de dureza de los controles cambiarios. Y muy lejos del realismo mágico si no diseña un programa económico consistente con respaldo político.

Por: Néstor O. Scibona ADEMÁS

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Fuente de la noticia (La Nacion)