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Misty Copeland es una primera bailarina y no es solo una primera bailarina. Todo el tiempo la moneda gira en el aire, mostrando las dos caras. Por esa razón, en buena parte, para quien nunca la haya visto en directo sobre el escenario, aunque mucho sepa o haya oído sobre ella, la expectativa de la primera vez es grande. Ese es el terreno donde se resuelve la tensión entre la popularidad del personaje y la magnitud de la artista, aportantes fundamentales a su fama transatlántica.

Por supuesto, no hay ninguna duda de sus condiciones: nadie llega a la categoría de Principal en el American Ballet de Nueva York sin superar la vara de sus altos estándares (pero pocos, y ella es única en ese sentido, cambian la historia). Aquí, en su primera visita a Buenos Aires, Copeland asumirá el protagónico de un título romántico emblemático, que conoce, pero en otra versión: La Sylphide, de Pierre Lacotte, constituirá un desafío personal. Preparado contra reloj, pondrá a prueba la inteligencia y la ductilidad que no le pueden faltar a un gran bailarín (o que el encantamiento de un hada no pueda resolver).

Por: Constanza Bertolini ADEMÁS

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Fuente de la noticia (La Nacion)