Autos sin llaves, vida tranquila y auroras boreales en Islandia

El siguiente relato fue enviado a lanacion.com por Mercedes de Filippi. Si querés compartir tu propia experiencia de viaje inolvidable, podés mandarnos textos de hasta 5000 caracteres y fotos a LNturismo@lanacion.com.ar

Luego de coleccionar varios veranos viviendo entre España y Argentina, decidí tomarme vacaciones del calor. Mirando el globo terráqueo, decidí explorar la desconocida Islandia.

No tenía referencias de aquel país, ni pretendía mirar fotos o buscar información acerca de la experiencia de otros viajeros. Cada quien respira su viaje distinto.

No dejando de lado que es un país extremadamente caro, me estaba jugando los meses de ahorro en un solo destino. Tampoco contaba con el abrigo necesario, pero el deseo de viajar ya existía y no quería buscar excusas.

Reservé 3 noches de hostel y compré un boleto a través de una aerolínea alemana low cost que desconocía. Empaqué desde Mallorca con dirección a Berlín para tomar un bus a Dresden y volar esa misma noche a Reykjavík. Sabía que sin expectativa, no habría defraudación.

Aterricé de madrugada y sabía que el bus público comenzaba a funcionar a la mañana. Tomé un café y leí dentro de una sala muy cómoda. Un policía curioso y sonriente se acercó para preguntarme de qué país venía y si necesitaba ayuda.

Cuando comenzó a aclarar, me dirigí hacia la salida con un mapa urbano y una agradable sensación: la gente era amable y el aeropuerto -ecológico y sustentable- era mucho más moderno que el de los países escandinavos.

Llegué al hostel que se encontraba en la zona portuaria. Dentro del alojamiento vi mucho movimiento. El empleado me explicaba que llegado el fin de semana los islandeses de las afueras se acercan hasta la capital para poder interactuar con gente. Camino a mi habitación, me encontré con un salón donde había gente practicando yoga.

Me abrigué tanto como pude y decidí caminar los 3km hasta la zona urbana.

Duendes y trolls

Transité pequeñas arterias de la ciudad pero me crucé con muy poca gente caminando. Se los veía tímidos y desacostumbrados al turista. Vi bicicletas en las veredas sin candado, jardines muy bien mantenidos y decoraciones de duendes y trolls en todas las casas. Anoté en mi cuaderno los nombres impronunciables de las calles para saber regresar al hostel.

El viento era violento pero yo sonreía de antemano.

La llegada al centro fue inolvidable. Lo primero que hice fue comer un pilsur (hot dog) en un food truck -recomendado por el empleado del hostel- que hacía esquina con un sinfín de confiterías y bares. Elegí un pub para resguardarme del frío y para probar una Viking beer. Al entrar, me encontré con un sitio repleto de gente leyendo libros mientras disfrutaban del happy hour. Eran las 14.

Comencé a revisar folletos de tours. Sabía que no contaba con muchos días ni tenía carnet de conducir vigente para alquilar un coche y perderme por la isla. Sabía que no iba a ver cascadas, lagos o icebergs (paisajes que resignaría sin pena, ya que tuve la suerte de visitar nuestra Patagonia varias veces).

También había descartado la opción de ir a visitar las aguas termales. Equivalía a perder un día entero para sumergirse 1 hora dentro de las piscinas sobrepobladas entre asiáticos y europeos retirados.

Pero había algo que no iba a negociar: ver las auroras boreales.

Finalizada la 2da cerveza del happy hour, el camarero me sugiere bajar una App para detectar las luces más cercanas a mi ubicación.

Era octubre y muchos comercios de la ciudad ya se vestían de Navidad. Entré a cada tienda que vi. Pinos decorados, adornos de madera pintados a mano, muérdagos colgando. me sentía dentro de un cuento.

Mientras caminaba por las calles veía muchas pastelerías y casas de dulces al peso. Entré a la tienda de golosinas que más me gustó para probar los caramelos de lava y el chocolate con licor y sal marina. Todos los chicos querían dulces pero las madres les pedían paciencia. Y es que hasta ese momento no sabía que las golosinas en Islandia son más baratas los fines de semana.

Ya de regreso en el hostel, decidí bajarme la App pero no se apreciaban luces dentro del radio de la ciudad. No quise perder el tiempo y opté por contratar un tour desde la recepción. Al recibir el voucher para la noche siguiente, me di cuenta que me estaba yendo de excursión un viernes 13.

Me di una ducha hirviendo (el agua caliente proviene de los géiseres y de las aguas termales naturales., por lo cual no se necesitan calentadores) Y me acosté exhausta pero feliz. Era mi primera noche en la ciudad más septentrional del mundo.

Al día siguiente visité galerías de arte y casas de productos regionales. También desfilé por los supermercados: siempre me intriga saber qué come y cómo se viste la gente del país que visito.

La danza de las auroras

El tour de las auroras comenzó a las 18 y finalizó de madrugada. Cambiamos de transporte y de ubicación varias veces, hasta que finalmente, pudimos ver bailar las manchas verdes sobre el firmamento. Gente de todas partes del mundo unidas para ser espectadores de ese fenómeno imponente. Recuerdo que tenía la piel erizada, pero no era consecuencia del frío. En ese momento entendí de lo efímero que somos pero de la inmensa disposición emocional de la que estamos hechos. También lloré.

En la mañana del sábado me encontré en la cocina del hostel con Gilad, un pescador islandés de 25 años y aspecto sereno que visitaba la ciudad luego de varias semanas de haber estado embarcado. Le ofrecí galletitas y mate cocido y nos fuimos a pasear por el mercado de Kolaportid que sólo abría los fines de semana. De camino, visitamos la Hallgrímskirkja (imponente Catedral Luterana) y paseamos por parques repletos de bustos y monumentos.

Dentro del mercado pude ver cómo trabajan los huesos animales para hacer artesanías, la manera en que horneaban el pan y como preparaban los ramos de flores. Se vendían snacks Vikingos (virutas de pescado disecado) entre otros tantos artículos más. Cada determinada cantidad de m2, existían dispensers de agua gratuita para que la gente consuma.

Luego caminamos en dirección al puerto, donde pude apreciar la casa Höfði, sitio donde se firmó el Tratado de la Paz que dio por terminada la Guerra Fría.

Observamos el edificio Harpa que se emplaza frente al mar. Ese mismo día, dentro del complejo se celebraba una convención del Círculo Polar Ártico. La construcción también funciona como sala de conciertos.

Gilad no tardó en señalarme que en la isla de enfrente -Videy- 10 años atrás, Yoko Ono había concebido un monumento en memoria de John Lennon. Regresamos al centro y Gilad me presentó a un grupo de amigos noruegos que estaban de visita por la ciudad. Terminamos la tarde dentro de un bar jugando a los dardos entre islandeses.

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Fuente de la noticia (La Nacion)