El ave, en peligro de extinción, habita en lagunas de Santa Cruz

El siguiente relato fue enviado a lanacion.com por Diana Weyland. Si querés compartir tu propia experiencia de viaje inolvidable, podés mandarnos textos de hasta 5000 caracteres y fotos a LNturismo@lanacion.com.ar

Nos levantamos a la hora de los ornitólogos, cuando los primeros rayos del amanecer entraban por la ventana sin persianas de un hotelucho en El Chaltén. Dejamos puntuales el pueblo y después de disfrutar del bosque iniciamos el viaje hacia el desierto y una estancia.

Recorrimos unos kilómetros entre arena, coirones y lagos color turquesa, siempre acompañados por vientos huracanados.

El camino nos sumió en el placer de lo que habíamos ido a buscar: el avistamiento de chorlos, playeros, agachonas, dormilonas, quiulas, todas camufladas entre los infinitos marrones del desierto. Disparábamos con nuestras máquinas fotográficas, alistábamos binoculares; algunos nos alegrábamos como consecuencia del conocimiento de una especie nueva.

Recorrimos rutas de ripio, caminos secundarios, huellas de dudoso destino hasta que llegó el momento de encarar la búsqueda de varias lagunas en donde podría encontrarse el macá tobiano, ave de descubrimiento reciente en alto peligro de extinción y objetivo de varios miembros de la expedición y de sus guías.

No recuerdo si fueron dos o tres lagunas las que visitamos sin éxito. Algún pato o cisne de cuello negro, una gallareta no colmaban nuestras ansias de observar quizás por última vez el prometido macá. Nuestra vista quedaba perdida en la soledad del lago en medio del frío, del ruido del viento, de nuestros ojos llenos de lágrimas que dificultaban la visión.

Decidimos apostar a una última oportunidad siguiendo hacia un lago al que para llegar debíamos rastrear una huella de escasa visibilidad y después caminar unos tres kilómetros.

Emprendimos la caminata sin imaginar la dificultad del terreno. Me pareció ver un tordo de mal agüero, en Europa dirían un cuervo. El suelo estaba formado por piedras grandes, no menores a 25 cm de altura, con aristas filosas. Una subida y bajada de lomas se sucedía a la siguiente y nadie sabía cuándo llegaríamos a destino. Después de hacer alrededor de un km y medio resolví poner punto final al riesgo de volver con una pierna fracturada o lastimada. Encontré una piedra grande contra la que me podía reclinar a resguardo del viento en la próxima loma y allí instalé mi campamento. Comuniqué la decisión y me respondieron que en una o dos horas estarían de vuelta en el "Punto Diana" inscripto en el GPS. Una vez más vi un tordo, pero no, seguro que era un Pico de Plata, aquí no hay pájaros de mal agüero.

Planeé mi estadía. Tenía un alfajor que sobró del almuerzo, agua y una libreta para asentar listas de aves que utilizaría para escribir un cuento. No menosprecié la esperanza de avistar algún ave, insecto, reptil o animal interesante y de fotografiarlo.

Sola en el desierto

Tampoco se me escapaba la posibilidad de un encuentro con un puma sobre los que habíamos estado hablando. Conocía la actitud que debía tomar en tal caso siempre que no me atacara por la espalda, por encima de la roca sobre la que me apoyaba.

Cada tanto me levantaba y caminaba poco ya que el viento lo hacía difícil y al hacerlo por períodos breves me enfriaba. Una vez me costó encontrar mi roca.

Por un momento alcancé a divisar además de unos chingolos, un ave rapaz. Logré sacarle algunas fotos antes de que desapareciera bajo el horizonte. Al rato apareció volando con un animal colgando de su pico.

Ya habían pasado dos horas y media. Calculé que tardarían unas tres horas: una para llegar a la laguna, otra para fotografiar al macá tobiano y la última para volver.

Cuando el tiempo calculado había pasado, tenía frío pero no se me ocurría otra solución más que quedarme donde habíamos acordado. Por suerte tenía guantes, un cuello que coloqué en mi cabeza y me protegía del viento, la capucha de la campera y lentes que me protegían del sol.

Con un dejo de angustia subí a la loma por donde mis compañeros se habían ido para ver si aparecían en el horizonte. Busqué un costado por donde había menos pendiente pero el viento en contra lo hizo difícil. Llegué a la cima con mucho esfuerzo sólo para ver que estaba sola. Los ojos llorosos, los labios secos. Me costó encontrar mi roca. Era todo tan uniforme, un corión igual al otro, una roca igual a la otra.

Cuando ya habían pasado tres horas y media y el sol declinaba empecé a preocuparme. No tenía confianza en los conocimientos sobre montañismo de mis compañeros, (nunca debieron dejarse sola) y tampoco tenía fe en que supieran manejar el GPS. No eludía mi parte de la culpa, yo sabía que nunca debemos quedarnos solos.

Pasaron 4 horas, decidí subir a la última loma que había dejado atrás para ver si me podía orientar para volver. Un corión igual al otro, una roca igual a la otra, el viento siempre invencible.

Volví a mi roca de acampe, me recosté sobre la espalda, prendí el celular para estudiar la posibilidad de orientarme con el Google maps. "Usted está aquí", señaló la pantalla, círculos rojos y alrededor: nada, nada, nada. Sólo un nudo en la garganta.

Me incorporé un poco para ser visible y pensé que si no me encontraban iba a ser difícil que pasara la noche. Moriría de frío. Sí partía nadie me iba a encontrar, un helicóptero no podría volar con ese viento. Si me quedaba moriría congelada. Aposté a que alguien supiera manejar el GPS si habían registrado bien mi ubicación. Empecé a temblar, el sol escaso ya no calentaba, ni a resguardo del viento. Avisté una bandurrita y me pareció ver un ave negra, hasta creí escuchar el graznido de un cuervo, tan distinto al canto del tordo patagónico. En el desierto todo es silencio, salvo la música del viento que arranca sonidos distintos de cada arbusto, de cada matorral, si tiene hojas finitas o más gruesas o si tiene sólo espinas.

De pronto vi a unos 20 metros a mi derecha una flecha negra que se deslizaba a toda velocidad. Grité: "¡Ricardo!". La dirección del viento ayudó a que me escuchara. Iba rápido porque como yo, tenía miedo a los pumas. Ricardo es montañista, corre como un felino y sabía qué dirección seguir orientándose con el sol. Los demás se habían atrasado por un integrante del grupo que se había caído.

Pero pudieron ver al macá de lejos y en condiciones meteorológicas difíciles. Días después los pudimos ver y fotografiar todos, siempre con mucho viento.

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Fuente de la noticia (La Nacion)