En el polo norte, el pequeño Abisko recibe viajeros de bajo presupuesto que buscan auroras boreales

El siguiente relato fue enviado a lanacion.com por Victoria Trapé. Si querés compartir tu propia experiencia de viaje inolvidable, podés mandarnos textos de hasta 5000 caracteres y fotos a LNturismo@lanacion.com.ar

No sé si fue por la combinación del azar y el destino, o mis ganas de ver auroras boreales y el ajustado presupuesto con el que contaba, lo que me condujo a Abisko, un pueblo ínfimo, de apenas 85 habitantes y unas pocas casas desparramadas, que se encuentra en la Laponia sueca. Está 200 km por encima del Círculo Polar Ártico, por lo que en invierno se pueden ver auroras boreales y en verano, el sol de medianoche.

El Tren del Círculo Polar Ártico que llega desde Estocolmo hasta Abisko
El Tren del Círculo Polar Ártico que llega desde Estocolmo hasta Abisko

Me enteré de su existencia por medio de un amigo sueco, que me lo recomendó como la locación más conveniente para ver auroras boreales. Encontré en Abisko algunas ventajas por sobre otros lugares más conocidos. Por su ubicación, el cielo se encuentra despejado la mayor parte del tiempo, condición indispensable para poder ver las auroras. Por ser un pueblito tan pequeño y remoto, hay poca contaminación lumínica y no es necesario contratar los carísimos tours para alejarse de las aglomeraciones urbanas. Además, cuenta con dos hostels, que hacen el alojamiento más accesible. Finalmente, se puede llegar en tren desde Estocolmo.

Así es como, después de mucha investigación, me embarqué en mi aventura al Polo Norte. El 5 de diciembre tomé el Tren del Círculo Polar Ártico. Es un tren con aspecto antiguo pero sólido. Es rojo, con trompa metálica y medio cuadrada, con aires de tren de otra época, de esos que poco conocían de aerodinámica y rápidas velocidades. Parte de la Estación Central de Estocolmo y recorre Suecia de punta a punta. Las dieciséis horas que tarda en llegar a Abisko obligan al viajero a tomar dimensión de la longitud de Suecia.

Llegué a Abisko el 6 de diciembre, el día de mi cumpleaños, a las once de la mañana. Bajé del tren y me encontré en medio de un cuadro: el tren antiguo, los andenes cubiertos de nieve y más lejos, la pequeña casuchita roja desierta que hacía de estación. Se trataba de un paisaje monocromático inmenso, interrumpido por unas pocas casas de madera pintadas de rojo. De fondo se veía un cielo naranjoso, que me acompañó por el resto de los días, propio de un sol que pasa sin escalas de amanecer al atardecer en tres horas y pico.

Caminé la cuadra que me separaba del hostel. Luego de hacer el check in, Eric, el dueño, me apuró para que salga a caminar y no desperdicie ni un minuto de luz. Me abrigué y salí. No tardé en encontrar un cartel indicando el inicio del Parque Nacional de Abisko. El senderito que tomé desembocaba en el lago Tornetrask, un lago enorme que tiene 70 km de longitud. Un rato después, apremiada por las escasas horas de luz, volví al alojamiento.

Camino al lago

A las cuatro de la tarde, luego de dos horas de noche cerrada, me encontré nuevamente en el lago, esta vez, en una bajada a una cuadra del hostel. Aunque aún no había auroras, se podían ver más estrellas de las que pensaba que entraban en el cielo. También vi mi primera, segunda, tercera, e incontables estrellas fugaces.

Después de permanecer casi inmóvil por más de seis horas en la oscuridad congelada del Polo Norte, no daba más. Emprendí la retirada. Me bañé con agua calentísima y me fui a dormir.

A la mañana siguiente hice tiempo hasta que hubiera suficiente luz como para salir a caminar. Cuando Eric me preguntó si había visto las auroras la noche anterior, le dije que no. Me dijo que se las había podido ver. Me las había perdido. Me sugirió que en los días siguientes baje al lago después de las diez, horario donde hay más chances de verlas. Además, me recomendó algunas Apps que notifican minuto a minuto acerca de la actividad de las auroras.

Victoria Trapé en un paisaje blanco y con pocas horas de luz
Victoria Trapé en un paisaje blanco y con pocas horas de luz

Ni bien el cielo se puso naranja, salí a caminar con dos compañeras de alojamiento. Luego de recorrer algunos kilómetros llegamos a una planicie blanca gigante, rodeada por terrenos más elevados e irregulares, también cubiertos de nieve. Y de fondo el cielo naranja. No se veían humanos, ni construcciones, ni nada que remita a la vida terrestre. De repente nos convertimos en las únicas habitantes de un planeta blanco con cielo naranja. Era un planeta en mute, que no conocía más ruido que el de nuestras pisadas en la nieve.

En las tres noches posteriores al fracaso de la primera, mi suerte cambió: todas ellas pude ver las auroras desde la bajada al lago cercana a mi alojamiento. Con mis compañeras adoptamos una nueva técnica: además de estar pendientes de la información que nos brindaba la App, para no estar a la intemperie por tanto tiempo, cada tanto salíamos a pispiar el cielo desde el estacionamiento del hostel. Así, cuando veíamos algo en el cielo, corríamos hacia el lago mirando hacia arriba. Cada noche a orillas del lago se montaba un espectáculo de no creer: enormes líneas verdes que cruzaban el cielo de punta a punta bailando mientras se reflejaban en el agua.

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Fuente de la noticia (La Nacion)