Yerry Mina, fugaz compañero en Barcelona, saluda a un decepcionado Messi Fuente: Reuters

La Argentina fue tan cristalina que se le vieron todas las costuras. Un equipo que de tan sincero, confirmó lo que se sospechaba: se cayó del mapa, dejó de ser una potencia y no aparece ni entre los favoritos de su continente. Y lo certificó con tantas piezas sueltas como engranajes descompuestos. Todos los síntomas confirmaron el diagnóstico: la nueva selección todavía no se atreve a asomarse del tubo de ensayo. En el décimo partido del ciclo de Scaloni, se trató de la décima formación diferente. La primera vez de Agüero y Di María con casi todos resultó tan decepcionante como Messi desabastecido. Colgado del desierto. Desamparado por un bosquejo demasiado borroneado.

Si Nicaragua, Irak, Guatemala y versiones alternativas de México no había sido una medida de utilidad en la era Scaloni, Colombia desnudó todo. Una propuesta lenta, sin conexiones ni sociedades. Sin alturas de pases ni juego entrelíneas. Sin identidad. Y la identidad es el refugio cuando nada sale bien; al menos, es el lugar para soportar el temporal. Sin esa propiedad, la Argentina anduvo casi todo el partido a la deriva. ¿Puede solucionarse? Estructuralmente, no. Esas fallas de origen reclaman ensayos, y de ahora en más se tratará de viajar, alimentarse y descansar.

Sin convicción, tampoco hubo partitura. Los jugadores se llenan de dudas. La duda, la peor enfermedad competitiva. Por ejemplo, rápidamente la selección abandonó las salidas desde el fondo para saltar líneas y avanzar con pelotazos. Ese es el reflejo del miedo, miedo a jugar, a creer, a confiar. La evidencia de un plan ausente.

Pero escapar de un espiral negativo será más importante que acertar con la próxima táctica. La generación anterior, abrumada por los fantasmas, cubierta de cicatrices, quedaba atrapada por los bloqueos emocionales. Gestionaban muy mal la adversidad y esa era la antesala del derrumbe. Los históricos estaban acorralados: después de un paso en falso llegaba el desmoronamiento. "Tenemos que salir de esta mierda. El problema es de la cabeza", confesaba por entonces Lionel Messi. "Quiero dejar de comer mierda, quiero ganar algo, pero ya no por mí, sino por las futuras generaciones", alertaba Javier Mascherano. Él no pudo.

Cuando la mente queda encerrada en esos laberintos, el juego se nubla. El ala renovadora estará precipitadamente bajo examen. La Copa América acaba de empezar y ya removió deudas y urgencias. La reconstrucción de la selección no tolerará otras mandíbulas de cristal.

Por: Cristian Grosso ADEMÁS

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Fuente de la noticia (La Nacion)