El viaje de Pablo Pérez Kondzerka por las calles de Vilna, en busca de sus raíces

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La simpleza y alegría de mis abuelos siempre fueron fuente de inspiración en mi vida. A mi abuelo no lo llegué a conocer así que mi herencia lituana fue a través del cariño de mi abuela Emilia.

Crecí durante la guerra fría, así que Lituania no estaba nunca en los planes familiares. Con su independencia en 1990 pude tramitar mi ciudadanía y volver sobre las huellas de mis antepasados. Fue una sorpresa darme cuenta que tenía una combinación de apellidos particulares, el muy popular Pérez y otro donde sólo éramos dos en Google… De adulto me propuse conocer al otro Kondzerka, así que Vilna sería mi destino. En el proceso dicha persona falleció así que nunca tuvimos contacto…

Aprovechando un viaje de negocios en Alemania, saqué un ticket por Ryanair para hacer Frankfurt-Hahn/Kaunas (ciudad low cost para llegar a Vilna, "la ciudad de las iglesias"). Ambas ciudades conviven con el pasado comunista (edilicio y social) con el presente millennial (Vilna fue Capital Europea de la Cultura en 2009, y es culturalmente muy activa). El contraste social se ve. Muchos no hablan inglés y otros están al tono de cualquier ciudad cosmopolita. Muchos edificios e iglesias se han detenido en el tiempo y aguardan a ser restaurados y contrastan con estilos vanguardistas en la misma cuadra.

Apenas aterricé en Kaunas una sensación de pertenencia me atrapó. Ya habían pasado 90 años cuando mis abuelos migraron desde estas tierras frías y lejanas en el Vapor Sierra Ventana. Zarparon desde Bremen-Alemania en febrero de 1930 hacia la tierra prometida de Brasil. Como se desató una epidemia de fiebre amarilla, el barco siguió de largo así que Buenos Aires sería el destino para mis abuelos.

Como no sentir pertenencia: la Catedral de Vilna tiene en el centro de su tejado la escultura de Santa Elena (así se llamaba mi mamá) y un poco más alejada esta la Iglesia de San Pedro y San Pablo. La catedral es la principal iglesia católica de Lituania (Patrimonio Mundial de la Unesco).

Ciudades hermanas

Caminando por la calle principal de Kaunas grata fue mi sorpresa cuando algo llamó mi atención. ¿Podía ser que el escudo del Partido de General San Martín (donde vivo actualmente) estuviera ante mis ojos? No podía creerlo, a más de 12 mil kilómetros de distancia. Resulta que Kaunas fue ciudad hermanada con dicho partido, actualmente hermanada con Alytus (una ciudad 70 km al sur de Kaunas). Este sistema de ciudades hermanadas se realiza para fomentar el contacto humano y los enlaces culturales de diferentes regiones y así poder promover proyectos en beneficio mutuo.

De Kaunas a Vilna son poco más de 100 km y los hice en bus. Me alojé en una zona conveniente en el Litinterp Guesthouse (recomendable) y como llegué de noche me habían pasado la clave para sacar la llave del mailbox (¡cosa que me había generado un poco de desconfianza, pero todo funcionó muy bien!). Esas calles históricas de una sola vía te retrotraen al pasado rápidamente, pero al ingresar en el alojamiento tenía todas las comodidades actuales.

En todos lados se respira aire medieval, desde el casco antiguo de Vilna con su entramado de callejuelas hasta el Castillo de Gediminas (Gran Duque de Lituania), con su máxima expresión en las luchas medievales recreadas en el castillo de Trakai, lago de Galvéi, emblema nacional por su belleza e historia. Muy interesante es como se han popularizado estas batallas como deporte a nivel global, hasta se puede ver también en la Argentina a estos legendarios guerreros vistiendo sus armaduras de acero.

Volví a probar los Cepelinai de mi abuela (pariente del pastel de papas), los Veradai (salchichas de batata) y probé orejas de cerdo crujientes con miel (mejor de lo que me imaginaba), también unos panes fritos con ajo que se llaman kepta duona y no podía faltar la cerveza local Svyturys.

El barrio de Uzupis (significa al otro lado del río) es un imperdible. Cruzando el puente sobre el río Vilnia ya vemos todos los candados declarativos de amor eterno entre los amantes locales y así arribamos al barrio bohemio por excelencia (el equivalente de Montmartre). Allí pude compartir una cerveza con Paulius Kovas, amigo lituano que pasó por la Argentina en el velero Ambersail en su recorrida por el mundo.

La Puerta del Amanecer Ausros Vartai me despidió: caminando muy temprano a la estación tuve que pasar por ella. En el silencio absoluto se alzaba majestuosamente y con los colores del alba me dieron la última postal de Vilna. Es una parte de la muralla protectora que sobrevivió en el tiempo, con una capilla en lo alto sobre la que versan muchas historias de la Virgen María.

Sólo me traje el suvenir más popular: algo de ámbar (el oro del Báltico). Es una resina solidificada de los árboles, fácil de conseguir en cualquier ciudad ya que en casi todas hay un museo del tema donde venden infinidad de formas.

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Fuente de la noticia (La Nacion)