Con recursos de la autobiografía y la crónica, la escritora Tamara Tenenbaum analiza los nuevos paradigmas afectivos en su libro "El fin del amor. Querer y coger", donde cruza argumentos ligados a la sociología o el feminismo con el relato del viraje que la llevó de una educación en una familia judía ortodoxa del barrio de Once a la experiencia del poliamor y los nuevos formatos de vinculación que proponen aplicaciones como Tinder o Happn.
Descorrerse del mandato. A esta licenciada en Filosofía y autora de obras como "Reconocimiento de terreno" y "Pánico el pánico" le llevó casi una década -de los 12 a los 22 años- resquebrajar el paradigma de mujer replegada a lo doméstico y a la maternidad que parecía inapelable para todas las chicas que, como ella, habían sido criadas, un destino para el que encontró alternativa cuando se plantó ante su madre y exigió estudiar en un colegio laico.
El cambio de aire acercó un repertorio de amistades y lecturas que le permitió a Tenenbaum sopesar otros paradigmas afectivos, más permisivos pero con trampas y fisuras que las nuevas generaciones parecen dispuestas a revertir: persiste la monogamia como contrato social mayoritario pero cada vez ganan más terreno la pareja abierta o el poliamor como opciones para eludir la asfixia que genera la exclusividad conyugal, según explora en su flamante libro.
– Télam: Tu punto de partida es el de una mujer moldeada por la cultura judeo-cristiana que está regida por preceptos un poco más restrictivos que los de la clase media laica ¿Desde esa perspectiva es más simple percibir las distorsiones del patriarcado?
– Tamara Tenenbaum: Venir de ese lugar tan ortodoxo me permite entender ciertas ventajas que quizá muchos no ven. Creo que tengo una perspectiva distinta sobre los privilegios de esta sociedad que es mucho más liberal en el sentido sexual y social de aquella en la que me eduqué. Yo no siempre supe que iba a poder tener una profesión y una vida sexual libre. La educación tan cerrada que tuve me dio una apreciación clara de las conquistas alcanzadas en sociedades como la nuestra y de la importancia de no retroceder.
– T: ¿La gran diferencia entre la vieja y la nueva monogamia es que hoy está permitido reconocer las falencias pero sigue siendo tabú cuestionar la legitimidad del modelo?
– T.T: Hay muchas diferencias entre la antigua y la nueva monogamia: en la anterior había una asimetría mucho más clara que la gente estaba dispuesta a aceptar. Por un lado el sacrificio de la mujer que se quedaba en su casa cuidando a los hijos, o de muchas que salían a trabajar pero que aun así cuando volvían tenían que ocuparse ellas exclusivamente de los chicos y eso no se discutía. La infidelidad era también una cuestión asimétrica. Y ésa es justamente la gran diferencia: la asimetría se tolera cada vez menos.
Fuente de la noticia (Telam)