En su novela "La desaparición de Josef Mengele", el escritor francés Olivier Guez reconstruye los años que el médico conocido por sus macabros experimentos con niños pasó entre Buenos Aires y Brasil hasta su muerte en 1979, con la intención de perforar el mito de su poderío para dejar al descubierto su mediocridad pero también el oportunismo que lo convirtió en uno de los emblemas del horror nazi.

Encarar una semblanza del llamado "ángel de la muerte" -cuyo accionar demencial fue abordado en muchos libros y en el film "Los niños del Brasil"- le permitió a Guez aproximarse a quien según su mirada mejor encaja la definición que dio la ensayista alemana Hannah Arendt acerca del carácter banal y ordinario del mal: Mengele fue precisamente un hombre de talento limitado cuya moral maleable le permitió quedar en la historia como el responsable de haber ordenado la muerte de miles de judíos en la cámara de gas.
El autor, que lleva escritos cinco ensayos y dos novelas, describe en "La desaparición de Josef Mengele" (Tusquets) cómo fue la vida clandestina del médico desde que llegó a la Argentina en 1949 a la vez que caracteriza la escena política y social que retrasó los debates en torno a la memoria colectiva en Europa y propició que jerarcas nazis vieran en Sudamérica un refugio seguro para sus años de ocaso.
– Télam: El interés en abordar una figura como la de Mengele radica a veces no tanto en describir sus aberraciones sino en dejar al descubierto cómo en determinado momento una sociedad aceptó convivir con esa crueldad…
– Olivier Guez: Uno de mis objetivos con el libro es que quería contar la historia desde la perspectiva de la época, no desde la nuestra actual. En realidad, en los años 50 a nivel mundial y no sólo en la Argentina, no se habla del exterminio de los judíos en Europa. Los culpables no hablan, las víctimas tampoco y de alguna manera se esconde todo lo que pasó. Cuando Mengele llega a Buenos Aires nadie lo conoce. Además la mirada de Argentina en esos años es muy diferente que la de Europa: su visión de la Segunda Guerra Mundial se produce desde un lugar muy lejano. La estructura de la novela me permitió contar los hechos sin facilitar un juicio. Soy de los que cree en que hay que confiar en el lector. Gracias a la neutralidad del relato, el lector reacciona.
– T: Uno de los aportes de la novela es la deconstrucción del médico nazi como un hombre nada sobresaliente ¿Cómo alguien de un talento tan modesto llegó a semejante lugar de poder?
– O.G: Cuando se habla del nazismo es muy habitual caer en la idea del mal absoluto. Antes de encarar el libro tenía una imagen de Mengele como una especie de superhombre y un gran criminal, como una persona inasible que siempre está un paso adelante de sus enemigos. Pero después de investigar todo cambió. El libro lo muestra como un hombre común, aunque más egocéntrico, cobarde y débil que la mayor parte de nosotros. Todo su vida está regida por el ego de principio a fin. Incluso lo que hizo en Auschwitz gira en torno a sus ambiciones personales.
Mengele fue en realidad un pobre tipo que llegó a tener superpoderes en el contexto de la maquinaria loca del nazismo pero antes y después de eso su vida no tuvo nada distintivo. La otra cuestión que me pareció central abordar es cómo un país o una sociedad se recupera o vive después de una ruptura de la civilización de tal calibre. Y esas preguntas se aplican por igual a las ví­ctimas y a los asesinos.
– T: ¿En qué medida una figura como la de Mengele sirve para ilustrar aquello que sostenía Hannah Arendt acerca de la banalidad del mal, es decir que el nazismo no debía leerse como una excepcionalidad en la trama civilizatoria sino como un rasgo de la naturaleza humana?
– O.G: Todo el tiempo mientras escribía el libro tuve presente ese concepto de la banalidad del mal que Mengele encarna tan bien. De hecho, creo que su caso es incluso más apropiado para representar esa banalidad que el de Adolf Eichmann, a quien Arendt dedica originalmente esa idea. Eichmann armó una estrategia muy inteligente que consistió en atenuar el papel que había desempeñado durante el nazismo, como un soldado al servicio de una gran estructura que sólo había cumplido su tarea. Arendt cayó en la trampa de creerlo pero en realidad fue el responsable del exterminio.
Mengele es muy diferente: solo fue un médico más entre miles de médicos que trabajaban en los campos de concentración. Representa a su vez la locura de la época, de un sistema desmedido: Mengele es sólo un eslabón más de lo que era la medicina alemana de aquella época, es la perfecta ilustración de la banalidad nazi. Fuente de la noticia

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