En materia televisiva, los Globo de Oro hicieron culto a la imprevisibilidad

Richard Madden, de Guardaespaldas, otro batacazo Fuente: AFP

series. El método Kominsky y su protagonista, Michael Douglas, cumplieron con la tradición de reconocer a estrellas consagradas; Richard Madden, de Guardaespaldas, una sorpresa

Los Premios Globo de Oro no admiten pronósticos. Los galardones que otorga hace 76 años la Asociación de Prensa Extranjera de Hollywood nunca se rigieron por la lógica de los reconocimientos que otorgan los sindicatos de la industria del cine y la TV ni por la opinión de los críticos especializados.

Lo cierto es que ese fue siempre su atractivo: un calculado caos atento a la taquilla y a conseguir que la mayor cantidad de estrellas se siente en el salón de baile del Hotel Beverly Hilton, en el corazón de Beverly Hills.

Dicho y repetido en numerosas ocasiones, el hecho de que los 88 votantes de los Globo de Oro no son representativos -del modo en que sí lo son los más de 6000 integrantes de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas o los miles de miembros de la Academia Televisiva que otorga el Emmy- suele ignorarse a la hora de ver desfilar por la alfombra roja a los favoritos del público. Tan entusiasmados de estar ahí que su exuberancia puede llegar a marear hasta al experto más avezado en temporada de premios. Temporada que comienza oficialmente con los Globo de Oro, un lugar de privilegio en el calendario de galardones hollywoodenses que muchos confunden con legitimidad.

Mahershala Ali: mejor actor dramático por Green Book
Mahershala Ali: mejor actor dramático por Green Book Fuente: AP

Ni antesala de los Oscar ni nada que se le parezca, los Globo de Oro siempre se destacaron por ser una fiesta divertida poblada de estrellas de la pantalla grande y de la chica compartiendo un mismo espacio, aun en aquellos tiempos en los que la división entre uno y otro medio era una grieta que nadie estaba interesado en achicar.

La morosa ceremonia de anoche, organizada bajo dos premisas claras (no ofender a nadie y destacar una integración y diversidad que tuvo más de promesa y pensamiento mágico que de realidad), no le hizo justicia a una fiesta que en el pasado siempre se las había arreglado para caminar al borde de la tan mentada corrección política y salir airosa riéndose de sí misma.

Andy Samberg y Sandra Oh, talentosos intérpretes, tuvieron que lidiar con un guion de vuelo rasante que dejó poco lugar para la espontaneidad que sí tuvo Oh al ganar el premio a mejor actriz de drama por su papel en la brillante Killing Eve, que después de casi un año de demora se estrenará aquí en febrero, por Paramount Channel.

Emocionada por su triunfo, la canadiense se lo dedicó a sus padres, a los que saludó en coreano. El momento, además de emotivo, transmitió un genuino mensaje de integración y diversidad que el resto de la ceremonia intentó emular y nunca lo consiguió. Como tampoco logró generar verdadera emoción aun cuando Carol Burnett, adorada leyenda de la televisión, recibió el premio a su trayectoria y con humor lamentó la falta de programas de variedades y humor contemporáneos, y celebró la existencia de YouTube para darle oportunidad a esta generación de enterarse de qué se trataban.

Poca lógica, muchas estrellas

Si la fiesta aburrió porque nunca dejó de ser un trámite estratégicamente calculado para vender la idea de un Hollywood abierto a las minorías, concepto bastante cuestionable si se tiene en cuenta que entre las películas nominadas no hubo ni una dirigida por una mujer, y que el rubro de realizadores fue una vez más un espacio exclusivamente masculino y los galardones cinematográficos siguieron un camino al menos polémico en el reparto de estatuillas, en el caso de los reconocimientos televisivos los Globo de Oro cumplieron. Es decir, fueron tan erráticos como siempre.

La tradición indica que en el apartado de la pantalla chica lo que se privilegia a la hora de elegir a los ganadores es una combinación de ciclos nuevos con la veneración por las estrellas consagradas y un marcado interés por los intérpretes británicos. Si la fórmula no parece estar guiada por la lógica o el sentido común, al menos es consistente con la historia de unos premios que esta vez hasta consiguieron corregir algún error cometido por los mucho más sensatos Emmy. Así, que la última temporada de The Americans se convirtiera en la ganadora al mejor drama cuando el Emmy falló una y otra vez en reconocer a la notable serie de espías, compensó en algo que su protagonista, Matthew Rhys, perdiera frente a Richard Madden (Guardaespaldas, disponible en Netflix) y las muy buenas comedias The Good Place y Barry (HBO) quedaran en el camino por la novata El método Kominsky de Netflix. O que su protagonista, Michael Douglas, fuera el mejor actor cuando Ted Danson (The Good Place) ni siquiera estuvo nominado.

Por otro lado, solo como un intento de no desviarse demasiado de la temática de la noche y por el afán de seguir machacando con eso de la diversidad y la integración se entienden los premios a American Crime Story: El asesinato de Gianni Versace como mejor miniserie y el destinado a su protagonista Darren Criss, que junto con Oh cubrió la cuota de intérpretes de origen asiático -la madre de Criss es filipina-, al ser reconocidos por su labor televisiva. Tal vez haya sido un modo de equilibrar la balanza, ya que, más allá de los discursos bienintencionados, en el apartado cinematográfico la celebrada Locamente millonarios se quedó con las manos vacías.

El ánimo salomónico de los Globo de Oro hizo que Ben Wishaw se llevara la estatuilla a mejor actor de reparto en miniserie por A Very British Scandal (aún inédita en nuestro país), mientras que su protagonista, Hugh Grant, se quedó con las manos vacías y lo mismo sucedió con el dúo de Sharp Objetcs: Amy Adams, protagonista y productora de la miniserie de HBO perdió; Patricia Clarkson se quedó con el premio a la mejor actriz de reparto. Un reparto ilógico, sí, pero característico de los imprevisibles e inclasificables Globo de Oro que todos conocemos.

Fuente de la noticia

Comentarios