Superclásico para todos

Crédito: Ilustración S. Domenech

La última vez que su querido River jugaba una final de Libertadores, Alejandro Burzaco escuchó el partido gracias a una radio que le facilitó un agente del FBI. Era el 29 de julio de 2015 y el poderoso CEO de Torneos y Competencias acababa de llegar arrestado a Estados Unidos. Eran acaso las horas más difíciles de su vida, pero quería escuchar la final de ida, cero-cero contra Tigres en México. Lo hizo en una oficina pulcra, sin ventanas, con luz de tubo. Refugio inicial del FBI. El agente Jarred Randall comprendió el fanatismo. Jugó fútbol de niño en su escuela católica de Rhode Island, fue al estadio en el Mundial 94, capitaneó un equipo universitario en el Bronx y luego fue defensor en el equipo del Departamento de Policía de Nueva York. La revancha del 5 de agosto contra Tigres (3-0 y coronación en el Monumental) fue más agradable para Burzaco. Ya estaba en la casa de un amigo en el condado de Wetchester, a 40 kilómetros de Manhattan. Eso sí, bajo arresto domiciliario y con una tobillera electrónica.

Más difícil que Tigres, al fin y al cabo, habían sido los octavos de final contra Boca. Durísimo uno-cero en la ida en el Monumental y suspensión en el entretiempo cero-cero en la vuelta en la Bombonera. Fue la noche del gas pimienta, cuando el propio Burzaco, aún tapado por una gorrita, debió abandonar su eterno perfil bajo para entrar al campo de juego, casi en su condición de patrón de la Libertadores, jefe virtual de Roger Bello, veedor boliviano de la Conmebol, y del árbitro Darío Herrera. Boca, furioso porque también había entrado al campo Rodolfo D'Onofrio, presidente de River, atribuyó luego su eliminación al poder de Burzaco. Imágenes exclusivas cedidas por Torneos salvaron sin embargo a Boca de una sanción más dura en la Conmebol. Dos años después, Burzaco sacudía al fútbol mundial. Delataba nombres y montos de los dirigentes a los que sobornó por años con 160 millones de dólares a cambio de ganar derechos de TV. Retomó una breve sonrisa cuando el fiscal Sam Nitze le preguntó "qué es River Plate": " Es el mejor club del mundo", le respondió Burzaco.

Para el agente FBI Steve Berryman, también clave en el FIFAgate, fanático de Liverpool desde sus primeros años en Inglaterra, Burzaco fue el "testigo ideal". "Emergió de sus cuatro días de testimonio bañado en virtud, un hombre desinteresado que voluntariamente se entregó porque quería limpiar el deporte que amaba", ironiza Ken Bensinger en su gran libro "Tarjeta Roja". En rigor, José Hawilla (Traffic) ya lo había grabado clandestinamente para el FBI. Cuenta Facundo Pastor en "El gran arrepentido de la mafia del fútbol" que Burzaco, tras escaparse milagrosamente de la redada del FBI en Zúrich, contrató un ex abogado de Silvio Berlusconi y consiguió documento nuevo y juez amigo en el valle paradisíaco de Bolzano, cuando se entregó en Italia. Que tenía pavor de pasar siquiera una noche en la cárcel. Y que por eso (excepto al Grupo Clarín) acusó a todos. Cadenas de TV, dirigentes, ex funcionarios y, ante todo, a Julio Grondona, cuya muerte había llorado tres años atrás.

Casi todos sus acusados hoy están presos. No él, que sigue sin condena (la nueva fecha es febrero), ya sin tobillera y con más libertades ambulatorias. Si hasta invitó amigos a Nueva York, cuenta Pastor, para mantener el rito del poker. Listo para ver a River, primero el sábado en la Bombonera del gas pimienta y luego la revancha del Monumental, donde alguna vez celebró el cumpleaños de uno de sus hijos. Podrá ver las finales por Fox, claro, la misma pantalla que en 2015, aún después del FIFAgate. Creemos, poco menos, que en todo el mundo no se habla de otra cosa que del Superclásico. Basta repasar las portadas de la prensa deportiva internacional para ver que el tema central es hoy otra vez la corrupción de la FIFA. Ya no por el FBI (Estados Unidos recibió su Mundial para 2026). Ahora son las filtraciones de Football Leaks, que exhiben protecciones y acomodos y desnudan que los discursos de transparencia de la nueva FIFA y en la propia Conmebol son eso: discursos.

Eliminado en semifinales, Brasil reclama injusticia, pero, como admite el gran Tostao, siente también pena porque "o país do futebol" es hoy el país "del juego físico, la truculencia, dentro y fuera del campo, la incompetencia, la intolerancia, la corrupción, la miseria social, el desrespeto a la democracia y la desesperanza". La interna argentina muestra a Boca receloso del poder supuesto de River en la Conmebol. Pero Daniel Angelici sabe que hay hasta escuchas que confirman que, además de pueblo, también Boca es poder. Lo supo, lo aprovechó y lo padece hasta el presidente Mauricio Macri, que se despierta con el Superclásico, bromea con el Superclásico y hace política con el Superclásico. Tal vez el que más sufrió obligado a defender la idea presidencial de los visitantes fue el Subsecretario de Seguridad Eugenio Burzaco, activo recaudador de la fianza que permitió la prisión domiciliaria de su hermano Alejandro. El mundo es pequeño y todos juegan su Boca-River, inclusive Napoleón Gallardo, donde quiera que lo vea. El sábado a las 17, si los dejan, será por fin el turno de los futbolistas.

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