Por qué puede ganar Boca: el poder de sus delanteros

Benedetto y Ábila, punzantes en el ataque de Boca Fuente: Reuters

Prima el respeto. Es obvio: una final de la envergadura de la que el fútbol mundial disfrutará a partir de mañana no puede tener favoritismos claros. Y entonces nadie se anima a subrayar superioridades incontestables de uno sobre otro.

Destila tanta potencia esta final, tanto poderío, que parece lógico que sean detalles, imprevistos que no pueden prevenirse, lo que escape a la minuciosa planificación, los que definan al cabo el título 2018 de la Copa Libertadores.

Sin embargo, aún dentro de ese cuadro general de paridad, es posible señalar diferencias nítidas a favor de uno u otro. Son formaciones que han desandado 12 partidos entre febrero y octubre, dejando en el camino a lo más calificado del continente, para llegar a este cruce irrepetible. En ese derrotero han mostrado -evidentemente- más virtudes que falencias y, por supuesto, los atributos no se miden de la misma forma en la Ribera que en Núñez.

En este caso, se trata de enumerar las ventajas relativas que Boca posee sobre River . En primer término, la condición de local con la que arranca este definición. El fixture de la etapa decisiva de la Libertadores fue pergeñado de manera tal que quienes produjeran los más eficaces rendimientos en sus grupos gozaran de la posibilidad de definir las llaves en sus estadios. Pero el equipo de Guillermo Barros Schelotto, protagonista de un tibio arranque en la Copa, supo volcar a su favor esa condición de primerizo local en las tres series (octavos, cuartos, semifinales) en un estilo que le reportó enormes dividendos.

Libertad de Paraguay, Cruzeiro, Palmeiras, sufrieron uno a uno los efectos de la Bombonera, de los que no pudieron luego reponerse. El vacilante Boca se transformó en un noqueador que, aún sin demasiado floritura, provocó dolor, a veces en el arranque (como contra Libertad) o si no en el cierre (como contra Palmeiras).

Puede hacer pesar, una vez más, esa condición; ganar por un par de goles de ventaja mañana y luego intentar manejar tiempos y circunstancias en la revancha.

Boca maduró a lo largo del certamen, tras haber sido 14° entre 16 clasificados, con la mitad más uno (9) de los puntos que sumó Palmeiras (16), el equipo de mayor rendimiento de la etapa regular, al que después despachó en las semifinales con un sobresalto o dos, apenas.

Ese crecimiento está directamente relacionado con su poderío ofensivo. Su media de gol pasó de 1,33 a 2,16 por encuentro entre la zona de grupos y la etapa decisiva. Su mediocampo es más pragmático que fantasista -aunque su clásico rival no tiene hoy un volante de la autoridad de Wilmar Barrios- pero sus artilleros compensan por demás. De los 13 goles que Boca señaló en las tres series que lo pusieron en la final, 10 fueron anotados por sus delanteros: Benedetto (3), Ábila (2), Zárate (3), Pavón (2). El Mellizo alterna a Wanchope con el Pipa y saca rédito; basta recordar la victoria como local sobre Palmeiras: 83 minutos de letanía, cinco minutos de rigor en los pies de Benedetto.

Si Boca le saca jugo a las condiciones ideales de la Bombonera para explotar esa capacidad ofensiva, bien podría ir al Monumental con algo más que media Copa en el bolsillo (y las memorias de 2004 sosteniendo la ilusión). En ese caso, en las dos semanas venideras las declaraciones serán de cortesía, diplomáticas, anestesiadas, pero la realidad habrá dictaminado otra sentencia.

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