Irresistible, el superclásico atrapa el interés de la gran pantalla global

La tapa de Marca, diario deportivo español Crédito: Captura de pantalla

Asado, empanadas y papas fritas para para el duelo del siglo

ROMA.- "Ya sabemos que los próximos dos sábados, 10 y 24, tenemos programa". Pese a los 13.000 kilómetros de distancia, el Boca-River ya se palpita en la casa de Marina Picconi, argentina que en 2001, debido a la crisis, decidió trasladarse a Spoleto, en el centro del país. "En la familia somos todos gallinas y nos vamos a juntar a comer pizza mirando el partido, que es a las 21, un muy buen horario", dice Marina, madre de Federico y Serena, todos fanáticos de River. "Ya le avisé a todos los de mi oficina que si quieren ver fútbol verdadero pongan DAZN (servicio de video streaming online, que pasará el match) y vean Boca-River", asegura Marco, su marido. "¿Cómo lo vivo? Como una final histórica. Si tuviera 5000 euros en el banco ya me hubiera comprado el pasaje para ir al Monumental el 24", confiesa.

Diego Dolce, "bostero" que vive y trabaja desde 2005 en Roma, también tiene todo listo. "El asado ya no se puede hacer porque hace frío, así que tengo arreglado verlo en casa con pizza, cerveza y unos amigos napolitanos que por Maradona se hicieron de Boca. Todos vamos a estar con la camiseta de Boca puesta, incluso Petra, mi hija de 8 años", cuenta, entusiasmado. "Va a ser un delirio, va a ser un estrés, también, pero divertido", vaticina.

Humberto Preve reside en Génova desde hace 11 años, es hincha de River, como Paz, su mujer y sus cuatro hijos. "Aunque los genoveses son xeneizes, en casa va a ser distinto", asegura. "¿Cómo lo vivo? Con mucha expectativa: el corazón me late a mil y me emociono al recordar mi paso por el Monumental", reconoce.

Consciente de las pasiones, la embajada argentina en Roma, en colaboración con el restaurante Gauchos, se organizó. E invitó a la comunidad a ver los dos históricos superclásicos en pantalla grande en ese lugar, disfrutando al mismo tiempo de un menú "potrero" (empanada, lomito, papas fritas y bebida). Para evitar trifulcas entre "gallinas" y "bosteros", la consigna es #RivalesNoEnemigos y #lacopasequedaencasa.

En Brasil, la superfinal se vive entre sospechas y la euforia

SAN PABLO.- Más allá de Jair Bolsonaro, porque en las charlas y los medios en Brasil poco espacio sobre para otras cuestiones que no sean sobre el presidente electo, el fútbol siempre es uno de esos tópicos que conservan cierta importancia. La Copa Libertadores podría haber sido borrada de la agenda una vez que los locales, Gremio y Palmeiras, quedaron afuera. Sin embargo, los responsables de esas eliminaciones fueron Boca y River . En Brasil, saben lo que eso significa, y lo quieren seguir casi desde adentro.

Si bien continúan mirando con reojo a la Conmebol, la mayoría de los analistas coinciden en que esta será una de las finales más vibrantes en la historia de la Libertadores. En su columna titulada "El fin de una era: la decisión soñada, a pesar de las manchas", Douglas Ceconello, de Globoesporte, dice que como despedida del actual formato de ida y vuelta en la final del torneo continental (el año que viene será en partido único), un partido sin precedentes, con la rivalidad más clásica del continente, viene a ser una especie de "cierre con clavos de oro para un ataúd aún entreabierto".

Mucho se habló en Brasil en las últimas semanas sobre la preferencia de la Conmebol por una final de esta magnitud, primera entre equipos argentinos, un superclásico . "A fuerza de VAR y decisiones de gabinete", escribe Ceconello. La revista Placar exalta el dramatismo de una final única en un país "caótico" donde la decisión, antes de empezar a jugarse, ya hizo mucho ruido. "Discusiones sobre seguridad pública, idas y vueltas con el presidente Macri y la probable visita de Putin demuestran la importancia del partido más importante de los últimos tiempos", dice el texto titulado "El Boca-River es cuestión de Estado".

En su blog Patadas y Gambetas, Tales Torraga destaca la envergadura de una "final histórica", recordando que si bien ya hubo definiciones de Libertadores entre equipos brasileños (San Pablo vs. Atlético Paranense, en 2005, y San Pablo vs. Inter, en 2006), y hasta definiciones de Champions entre Atlético y Real Madrid, Milan y Juventus o Bayern Munich frente Borussia Dortmund, ninguna es comparable con esta superfinal. "Sólo una final del Mundial entre Argentina y Brasil podría ser similar", agrega Torraga, para que cualquier brasileño pueda entender la magnitud del choque.

Se respira una pasión diferente, lejos del "choque de trenes"

MADRID.- El fútbol es pasión y España no escapa a la regla. Un Barcelona-Madrid se impone siempre como noticia y como una experiencia colectiva cuya onda expansiva traspasa las paredes del estadio para invadirlo todo. Pero es una carga emocional que se vive de modo más sereno, más tranquilo, más pacífico que en la Argentina.

Un Barcelona-Madrid impregna la vida cotidiana y la ajusta a su minutero. Pero no la paraliza ni la posterga. No se demoran decisiones según el humor que surja del resultado. No altera el curso político ni sirve de paraguas para la economía, como puede ocurrir en nuestro país, donde un choque como el Boca-River por la Libertadores es capaz de generar decisiones económicas, como el lanzamiento de ofertas para la compra de televisores.

Aquí esa pasión se pondera y, si ocurre algún desmán celebratorio, son los clubes los responsables de los daños. Al Real Madrid, por caso, le llegan religiosamente las facturas de la Alcaldía cada vez que su hinchada provoca algún daño en la emblemática Fuente de la Cibeles.

Sí es verdad que, en el pasado reciente, la deriva separatista catalana introdujo un elemento perturbador del buen fútbol. Pero rara vez pasa a mayores.

Se sabe que si el clásico se juega en el Bernabéu, habrá banderas españolas y que, si se juega en el Camp Nou, abundarán los lazos amarillos y las "esteladas", tal como se conoce a la bandera independentista. Habrá una silbatina feroz para el himno español y ni qué decir si asiste el Rey. Pero no por eso se deja de tocar el himno ni deja de ir el Rey.

Jorge Valdano me lo explicó una vez, en el mismo reportaje en el que reveló por primera vez que su casa se erguía en el mismo terreno que había ocupado la quinta 17 de Octubre, del ex presidente Juan Domingo Perón. Recuerdo que explicó que rara vez ocurre en España que, a la hora de un clásico, las dos hinchadas tengan la misma potencia. Porque generalmente se juega en el estadio de uno o de otro, con desplazamientos que no siempre son sencillos. En cambio, con un River-Boca, que no están separados por cientos de kilómetros, eso es, invariablemente, un "choque de trenes".

Fue su teoría y, sin ser determinante, sin duda, suma. Lo otro es que, naturalmente, por idiosincracia, la potente pasión futbolera que anida en España se expresa de otro modo. Con recursos menos intimidantes y sí, en cambio, más festivos. Es una forma de ser que hace de cada cosa una en sí misma, sin coletazos. Como dice el Cholo Simeone: "Cuando acabó el partido no queda más que ponerse a pensar en el próximo". Eso, también, incide en el rito colectivo con el que vive el clásico.

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