Fuente: LA NACION

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Buena / Dramaturgia: William Shakespeare / Adaptación, traducción y dirección: Patricio Orozco / Intérpretes: Alberto Ajaka, Leonor Benedetto, Paloma Contreras, Patricio Contreras, Sebastián Dartayete, Antonio Grimau, Hernán Jiménez Pablo Marluzzi, David Masajnik, Sebastián Paloni / Vestuario: Mini Zuccheri / Escenografía: Emilio Basalúa, Patricio Orozco / Iluminación: Gonzalo Córdova / Sala: Centro Cultural de la Cooperación, Corrientes 1543 / Duración: 210 minutos.

Entre 1911 y 1912, el Teatro de Arte de Moscú puso en escena una versión de Hamlet. El director fue Stanislavski, el encargado de la propuesta estética, Edward Gordon Craig. Dos de las máximas luminarias de la historia del teatro aunaron sus esfuerzos para una producción que despertó vivos debates. Años después, Craig pensaría que se trató de una derrota teatral y, todavía más, que era un error seguir haciendo Shakespeare. El motivo era que el texto siempre ganaba, que no había puesta que pudiese estar a su altura. Este juicio terminante no quita que la humanidad haya seguido intentando hacer las obras de Shakespeare, con resultados dispares pero con esa necesidad siempre vigente de escudriñar desde allí el alma humana. En sus más de 3 horas, el Hamlet que adaptó y dirigió Patricio Orozco termina, también, derrotado por el texto, pero es de esas derrotas que dejan detrás suyo la estela de una gran obra.

La primera escena amplía el espacio escénico: los míticos guardias que se encuentran con el fantasma del padre de Hamlet se ven desde las tramoyas del teatro. Esta expansión del lugar de los acontecimientos no se desarrolla en el resto de la pieza, toda la acción está enmarcada en un Elsinore que se subsume en una especie de corona gigante y agrietada. Esto, además de generar interesantes efectos de iluminación por poner un espejo oscuro en el piso, es elocuente como metáfora. Hay lecturas que proponen que, más que en Dinamarca, la acción sucede en la cabeza de Hamlet, en su principesco cráneo danés que razona demasiado y que, por ese exceso de pensamiento, no puede progresar en su venganza. Aunque a nivel simbólico sea efectiva, a nivel dirección termina por planchar un poco las posibilidades e invita a transiciones siempre idénticas, con actores que entran y salen a ritmo de vodevil. El semblanteo constante al público que se propone desde la actuación lleva a cierta solemnidad que hace decaer el ritmo. La aparición de los comediantes no consigue oxigenar este clima. Si la propuesta es rescatar al personaje de Gertrudis como legítima enamorada de Claudio, en un marco en el que la violencia de género está en el candelero, esto se entiende más en la explicación del programa de mano que en la puesta concreta.

A nivel actoral, se destaca Patricio Contreras. Su Polonio consigue dar cuenta de esa capacidad única de Shakespeare en la que cada frase puede ser leída, a la vez, como tragedia y comedia. Es una ambigüedad que se extraña en otros personajes, aunque hay fragmentos interesantes como la angustia sexual que expresa Ofelia (Paloma Contreras) o los sutiles guiños a otras relecturas de la obra como las de Tom Stoppard o Heiner Müller.

Perder con Shakespeare no deja de constituir una derrota interesante. Si la obra se hace larga desde la dirección, el texto sigue siendo atrapante, su hechizo sigue funcionando. El público, conozca o no la trama, quiere saber cómo sigue y cómo termina, qué otra sutileza queda todavía bajo la manga del dulce príncipe.

Por: Gabriel IsodFuente de la noticia

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