El mero origen californiano del guitarrista, criado en San Francisco, habilita la sospecha sobre la pertenencia de Smith a la mejor tradición de la música popular estadounidense; de hecho, como forma de afirmar la modernidad de su sonido, se insiste en señalar –en relación precisamente con su marca territorial- su inclinación a la fusión con el folk, el rock y el blues a modo de quien renueva a partir de elementos propios de otros paradigmas.
Pero, más allá de los perfiles públicos y sus comodidades, Smith mostró el viernes por la noche en Bebop un programa que –sea más o menos innovador- se halla encuadrado, sin conflicto alguno, en el lenguaje del género. Si el ser y el pertenecer se modelan, en un sentido lacaniano, a través de la relación binaria con el otro; Smith construye su identidad estética en espejo con la tradición. Es y pertenece.
No se advierte allí negación alguna a su originalidad, que sin dudas la tiene. Sobresale, en principio, cierto ánimo de recuperación por la centralidad de la guitarra en la formación jazzística que a veces tiende a ser expulsada o colocada en subordinación al piano en la jerarquía tímbrica de la especie. Así, en Buenos Aires, Smith se acomodó su habitual quinteto a un esquema de cuatro instrumentos (sin saxofón), apuntalado por Jarret Cherner (piano), Matt Aronoff (contrabajo) y Shawn Baltazor (batería).
Fuente de la noticia

Comentarios